Mostrando entradas con la etiqueta Cuento breve. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento breve. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de septiembre de 2013

El ungido

Los mitos son cosa curiosa, no importa cuántas veces demuestres que son falsos, si están fuertemente enraizados en el corazón de las personas, nadie te creerá. Y este es el caso de lo que estoy por narrarles.
                Conozco esta historia desde pequeño, pues mi madre me la contaba antes de dormir. Y su madre a ella y así por generaciones. Ahora yo se las relataré a ustedes, pero no con la esperanza de que me crean. No. Sino para sacármela del pecho, para gritar a los cuatro vientos la verdad de lo ocurrido aquella tarde.

jueves, 30 de mayo de 2013

Las 9 musas



Antes de abandonarlas con los hombres, su padre les deseó suerte. Sus últimas palabras fueron: "los recuerdos crean hijos". O los hijos crean recuerdos. No lo saben. No lo recuerdan. Solo saben que son nueve y cada una es arte y sublimación del objeto amado.

Metonimia y Metáfora.


Los conocía tan bien como a cualquier otra pareja, como a la novia de mi mejor amigo, o a la esposa de mi hermano. Es decir, tan bien como cualquiera conoce a las demás parejas. Porque uno solo ve la relación por fuera, la roza tangencialmente pero nunca llega a penetrar en sus secretos, en esos conflictos que las parejas solucionan sobre el colchón y que muchas veces esconden debajo de él.

martes, 15 de mayo de 2012

Dos caras de la misma moneda


Este 2011, la protesta del 15-O para exigir un nuevo sistema político y económico, se ha dejado sentir en decenas de plazas españolas. En Madrid se reunieron más de cincuenta mil personas en la Puerta del Sol y se mantuvieron ahí hasta altas horas de la noche.

Don Manuel, con sus sesenta y siete años a cuestas, sale de su casa a las cinco treinta de la madrugada, al igual que los últimos veintinueve años. Y como siempre, llega a su trabajo antes de las siete.

sábado, 12 de febrero de 2011

Delito

Sé que está de moda y es el tema más repetido en las noticias. Sé que cuatro de cada cinco personas conocen a alguien que ha sido víctima de un delito. También reconozco como verdadero el problema de la puerta giratoria en las cárceles. Pero hasta hace poco, la delincuencia sólo era un fantasma para mí. Eso hasta que plagiaron mi cuento favorito. Eso sí que es un crimen… y exijo justicia.

martes, 26 de octubre de 2010

Hay cosas peores

“Esto es lo peor que me pudo pasar. Nunca lo superaré. La amo demasiado”, se repite Juan una y otra vez. Camina ebrio por la playa con la extraña sensación que hay algo onírico en lo acontecido. Como si no fuera real lo que acaba de ver. Repasa mentalmente las imágenes en su cabeza, les busca un fallo, un error, algo que indique que sólo soñó ver a su esposa acostada con Pedro, su mejor amigo. Pero no puede mentirse. Levanta la botella de güisqui y da un largo trago. Conoció a María en el colegio y desde entonces no existe otra mujer para él. Muy pocos podrían decir que han amado tanto. Y nadie se ha sacrificado más que él.
Recordarla jadeante sobre el cuerpo de Pedro lo llena de una angustia tan grande, que pronto se transforma en dolor físico, un revoltijo de tripas, un calambre en el estómago, una agonía tan inmensa que lo hace caer como un ovillo sobre la arena húmeda. Sus lágrimas se hielan sobre las mejillas.
La luna llena brilla entre las nubes, encima de la cabeza de Juan, pero él es incapaz de ver por encima de su propio dolor. Ni siquiera siente el frío que cala sus huesos. También lo ayuda la botella de güisqui y su ebriedad. A duras penas se levanta… maldice su suerte, llora de rabia, de impotencia, se odia a sí mismo. Nada podría ser peor. El amor de su vida lo engaña con su mejor amigo.
Camina hasta llegar a un acantilado de rocas, un lugar que conoce bien, pues ahí va a mariscar desde que era un niño. Cuando estaba en tercero medio tuvo su primer hijo con María y se vio obligado a dejar el colegio para trabajar. Los profesores decían que tenía un gran futuro y Juan pensaba lo mismo. Soñaba con estudiar ingeniería industrial y ser un empresario exitoso. Tenía grandes proyectos, pero todo se frustró con el nacimiento de su hijo. En ese entonces no lamentó su suerte, porque podría terminar el colegio de noche y en las mañanas, mariscar para ganar dinero. Sus sueños aún estaban ahí, al alcance de su mano. Se sienta en la orilla del acantilado a ver las olas reventar, diez metros más abajo. La brisa marina le moja el rostro y el olor salobre del mar llena sus pulmones. Esta sensación siempre le ha alegrado, pero esa noche sólo puede sentir aquel extraño vacío en el estómago, la vacuidad que produce el amor cuando se rompe.
Después del nacimiento de su primer hijo las cosas no fueron fáciles para Juan, pero estaba enamorado y nada podía borrarle la estúpida sonrisa del rostro. Entre su trabajo de mariscador y los estudios, tardó tres años en terminar tercero y cuarto medio, pero en la PSU sacó tan buen puntaje que pudo regodearse a la hora de elegir universidad. Consiguió el máximo nacional en matemáticas y obtuvo una beca en la Universidad Santa María de Valparaíso. Ahora sólo a estudiaría, pues con la beca pagaría sus estudios y con lo poco que sobre, alimentaría a María y su hijo. Pero la vida volvió a retrasar sus sueños: un segundo bebé venía en camino.
Cuando su hija nació tuvo que volver a mariscar, la beca no alcanzaba para todo. Trató de trabajar en las madrugadas y estudiar por las noches, pero no pudo, pues tenía que cuidar a sus hijos para que María saliera con sus amigas. Decidió que por su familia podría retrasar un poco más sus sueños. Congeló en la universidad y dedicó todo su tiempo a la casa y el trabajo. Pero estaba enamorado y eso le bastaba para ser feliz. Aún conservaba esa sonrisa idiota, pero ahora la coronaban dos grandes ojeras. Veinte años han pasado desde entonces y Juan no ha dejado de amar a María ni un solo día. Levanta la botella de güisqui y da un gran sorbo. Las nubes se abren y la luna llena ilumina todo con una luz amarilla y aterciopelada.
Juan mira al otro extremo del acantilado y encuentra un lugar mejor para ver el mar en esa noche de amores rotos y sueños jubilados. Camina tambaleante cuando un descuido lo hace caer por el barranco. Se golpea repetidas veces en la pared de roca antes de llegar al fondo. Trata de pararse, pero tiene una pierna rota y sólo consigue sentir un dolor espantoso, peor que descubrir a María con Pedro. Se mira la pierna y ve que el hueso atraviesa la carne. Se toca el rostro y siente la sangre caliente correr. Una ola explota y lo cubre hasta la cintura. Una más grande la sigue y esta vez, el agua llega hasta su cuello y la corriente casi lo arrastra. La borrachera desaparece, igual que la luna, María y el resto del mundo. Sólo está el mar y él, y entre ellos, la lucha por sobrevivir.
Con un esfuerzo sobrehumano, Juan se arrastra para alejarse del agua. Entonces se da cuenta que también tiene un brazo roto, pero si quiere vivir, debe subir a unas rocas medio metro más arriba. Con un brazo y una pierna intenta alzar su cuerpo inerte. Un dolor febril lo hace gritar mientras cierra el ojo izquierdo para evitar que la sangre entre en él. Después siete olas y diez minutos de angustia, que para él fueron horas, Juan está a salvo sobre la roca. Ahora el mar no amenaza con arrastrarlo, las olas que revientan lo mojan con la periodicidad de un péndulo.
Juan piensa esperar ahí hasta que sus compañeros vayan a mariscar a las cinco de la madrugada. Sólo debe resistir unas cuantas horas, aunque el dolor hace que sienta el cuerpo agarrotado y la mente enlodada. Tampoco lo ayudan los tres grados bajo cero que hay esa noche.
Mojado, con el cuerpo cubierto de sal y sangre, con la piel de gallina y periódicos espasmos de dolor y frío, Juan mira la vida con otros ojos. Ahora María parece un sueño nuboso. Intenta dormir, pero cada vez que cierra los ojos un violento dolor le recorre la espalda.
A las cinco de la mañana, sus colegas llegan al acantilado y lo ven. Juan está adormilado, igual que sus sueños de empresario, entonces una ola lo moja de pies a cabeza y recuerda donde está. Pensó que no lo lograría, pero ahí están sus compañeros.
Cuando el helicóptero de la armada aparece en el cielo, son las nueve de la mañana y lo peor ya pasó. Al menos, eso piensa Juan, hasta que ve a María gritarle desde la cima del acantilado. Junto a ella está Pedro. Entonces recuerda como galopaba desnuda sobre su amigo, y sus sueños largamente postergados aparecen en su memoria. Los marinos lo inmovilizan sobre la camilla y lo suben al helicóptero.
Aunque los analgésicos son poderosos, aún le duele todo, en especial la pierna. Con los ojos entreabiertos ve alejarse a María y Pedro, quienes le hacen señas desde el acantilado.
- Señor… ¡Señor, reaccione! – le dice un joven de pelo corto y vestido con traje de buzo – dígame algo.
Juan apenas consigue susurrar unas palabras ininteligibles. El joven se acerca para escucharle.
- Dígale... dígale a María... que se vaya a la concha de su madre…

jueves, 3 de junio de 2010

Fast Food

Todo está brumoso, opaco, velado por millones de microscópicas gotas que flotan ingrávidas en el aire. Julio se despide de su pareja con una mirada disimulada. Ella sonríe y se adelanta unos metros. Él camina con paso cansino mientras la gente a su alrededor corre, trota, avanza a grandes zancadas, apurados, como si el tiempo les mordiera los talones. La tierra se levanta bajo sus pies presurosos y hace que la niebla adquiera una textura barrosa.
Mientras más se acerca a la reja electrificada, más lentos y pequeños son los pasos de Julio. Cada área de la ciudad está cercada y vigilada por perros y agentes en busca de Marwos. Para traspasar los límites, Julio debe presentar sus permisos sanitarios al día y confirmar su identidad con el escáner ocular. Este trámite, en general rápido y menos desagradable que la seguridad en su trabajo, para Julio es un ritual demasiadas veces repetido, pues debe cruzar tres sectores de la ciudad antes de llegar al local. Eso significa dos aduanas y dos filas para “revisión y confirmación” y, sin importar el tiempo perdido, debe llegar antes de las nueve de la mañana. Cuando empezó a trabajar, se atrasó un par de veces, pero las cicatrices en su espalda lo convencieron que era mejor dormir menos que llegar tarde. Por eso ahora aparece puntual a las ocho treinta y para hacerlo, se levanta apenas apoya la espalda en la cama.
A Julio le toca la caseta trece. Saca sus papeles del bolsillo y se dirige a la ventanilla. El hombre lo observa de pies a cabeza mientras revisa sus documentos. Él apoya su ojo en el escáner ocular y una sonrisa aparece en el rostro del funcionario, que se acerca a su compañero y le susurra algo. Ambos ríen mientras lo miran. Entonces se encienden las luces rojas de las sirenas y suena la alarma anti Marwos. Todas las rejas y accesos se cierran automáticamente, los perros ladran y aúllan. Julio voltea hacia todos lados. Los agentes corren con sus botas lustradas hacia una caseta que él no logra ver. El caos se adueña de la aduana del sector cinco. Agentes armados pasan junto a él. Los gritos de horror se suman al aullido de las sirenas. Por los altavoces se informa que han descubierto un Marwo, todos deben permanecer donde están y colaborar con los agentes.
Julio mete las manos en sus bolsillos y se entierra las uñas a través de la tela. El dolor lo ayuda a mantener el control. De pronto tres disparos, más perros ladran, un grito de mujer. Luego silencio. La alarma deja de sonar, pero las balizas permanecen encendidas. Un agente junto a él llama por su transmisor. No logra oír qué pregunta, pero escucha que le responden “no estaba sola. Su pareja tiene que estar por aquí. ¡Hay que encontrarlo!”. El rostro de Julio se contrae. Durante unos segundos interminables, la mirada del agente su cruza con la de él. Las puertas automáticas se abren y la luz se normaliza. El oficial se va de ahí.
En la ventanilla, el funcionario le entrega su permiso de sanidad. Afuera de la aduana, Julio da un largo suspiro. El sector cinco está pavimentado, así que no se levanta polvo al caminar. Es el sector más moderno e iluminado de la ciudad, la zona donde viven los ricos. Ahí se levantan enormes rascacielos que desaparecen entre las nubes y están rodeados por pantallas virtuales que promocionan productos que Julio nunca podría comprar.
En los diez minutos de trayecto, Julio no ve ningún árbol o planta, sin embargo, el ambiente es mucho menos desértico que afuera. Antes de doblar la esquina, se acuclilla, apoya la espalda en la pared y llora con un sonido amargo, entrecortado por ahogados suspiros. Luego se levanta y sigue su camino. Llega justo a las ocho treinta. Saluda al guardia y entra al camarín. En la puerta hay un cartel que dice: “Las normas de higiene previenen la aparición de Marwos. Gracias por su comprensión”. Julio sonríe.
Después de la ducha desinfectante y la revisión de cavidades que el doctor realiza meticulosamente cada mañana, Julio se pone su uniforme y va hacia su caja. Saluda a su jefe con un movimiento de cejas. Apenas abre, una joven obesa se acerca a su ventanilla antibalas:
- Una hamburguesa con queso, papas fritas y bebida mediana. ¡Gracias!

jueves, 6 de mayo de 2010

El Juicio de Santiago



     Todo lo que Santiago sabía sobre la fiesta de aquella noche era que atendería a unos importantes señores en una fiesta privada. La paga era excelente y el único requisito era la discreción, no debía comentar a nadie lo que viera o escuchara. Aunque el ofrecimiento era sospechoso, Santiago pensó que sería una buena oportunidad para ganar unos pesos extras mientras encuentra otro trabajo. En su último laburo de garzón se vio envuelto en una disputa entre los tres dueños del restorán. Cada uno esperaba que él estuviera de su lado y apoyara su demanda. Los argumentos parecían lógicos y justos, así que Santiago dudó durante mucho tiempo, hasta que se decidió y apoyó a uno de ellos. Al final de la querella, él fue despedido y los socios volvieron a ser tan amigos como antes.
     Cuando cae la noche, los invitados comienzan a llegar y Santiago atiende con esmero a los asistentes. Le asignaron la mesa principal, lo que supone un gran honor. Cuando la fiesta está en su apogeo, todos cantan, bailan y beben como si no hubiera un mañana. Un gordo desnudo está cubierto por cocaína y unas niñas de catorce años lo siguen a todos lados y lamen su cuerpo seboso. Un grupo hace una fila donde la persona de atrás fornica al de adelante y así hasta llegar al primero, que se masturba mientras otro hombre lo penetra con ansias. En una mesa hay una mujer desnuda cubierta con salsa de champiñones y los comensales usan tenedor y cuchillo para servirse. En poco rato la mesa se cubre de sangre y todos parecen disfrutarlo, incluso la mujer desnuda cuya carne devoran como pirañas hambrientas.
     Es que en las increíbles bacanales organizadas por la sociedad de Júpiter nada parece demasiado y todo no es límite suficiente.
     En medio del desenfreno, tres mujeres pelean por una manzana que tiene escrita las palabras: “Para la más bella”. Todas quieren la fruta, así que Júpiter, el presidente de la sociedad secreta, interviene. Como nadie se atreve a afirmar quién es la más hermosa, pues todas tienen atributos de sobra, deciden que Santiago será el juez de tan bizarro concurso de belleza. Lo encierran en una pieza y una a una las candidatas pasan con él una hora en la habitación. La primera hace que Santiago tenga un orgasmo tan prolongado que cae al suelo en éxtasis. Antes de irse, la mujer promete que si la elige, ella lo hará más poderoso de lo que jamás soñó. La segunda viola a Santiago y le enseña placeres desconocidos, goces secretos que hasta el más liberal consideraría aberraciones. Antes de salir le ofrece todo el dinero que desee. La tercera mujer se acurruca junto al agotado cuerpo de Santiago y lo acaricia hasta que se duerme. Una hora después lo despierta y promete que, si es electa, él encontrará el amor verdadero.
     Santiago se viste con calma mientras en el comedor principal los invitados esperan su veredicto. Cuando llega al salón, Júpiter pone en su mano la manzana de la discordia y las tres mujeres, aún desnudas y más bellas ahora que antes, le preguntan cuál es su decisión. Santiago, confundido y acorralado, actúa como todo un caballero: se come la manzana con tres rápidas mordidas.