martes, 24 de enero de 2012

Tic tac


-          ¡¿Dónde estoy?! – pregunto sorprendido al hombre de barba blanca.
-          ¿Dónde crees que estás? – me pregunta él de inmediato.
-          No lo sé. No lo recuerdo.
-          Entonces cuéntame lo que recuerdas.

            En el año mil novecientos diez [1910], Hans Roleix Wilsdorf era reconocido como el mejor relojero en toda Suiza. Los señores principales de los diferentes cantones lo contactaban con frecuencia para solicitar sus servicios. Nobles y aristócratas de todo el mundo lo llamaban para comprar sus obras. Su reputación era tan grande como la belleza y perfección de sus relojes.
En el transcurso de su vida creó todo tipo de cronómetros: de péndulo, para ajedrez, de bolsillo, de pulsera, para dama y varón, incluso fabricó un reloj de arena que con el peso de los granos giraba los engranajes que hacían rotar el indicador horario.
La búsqueda por la medición perfecta del tiempo era una obsesión que Hans arrastraba desde su niñez. Por eso, cuando observó por primera vez el reloj que construyó para el cumpleaños cincuenta [50] de su padre, lo hizo con reverencia, incluso algo intimidado ante la perfección de su obra. Es un reloj de pared con forma octogonal, el cuerpo está hecho con madera de jacarandá y piezas de oro labrado sellan las junturas. Dentro de su carcasa barnizada y brillante, avanza una maquinaria precisa, o mejor dicho, circula, porque los cincuenta y dos [52] engranes rotan con exactitud mesiánica. Por mucho que lo intentó, lo único que Hans no consiguió hacer fue que sus campanas tañeran cada hora, pero eso ya lo sabía, Hunhau se lo dijo mucho antes que pusiera la primera pieza.

-       Recuerdo que estaba observando el reloj de mi abuela en la exhibición de la subasta del día siguiente – le contesté al hombre de barba blanca.
-         ¿Y qué sucedió entonces?
-      Lo revisé con detención. Lo descolgué y abrí su mecanismo. Ese reloj es mágico. Funciona desde siempre y jamás se ha reparado ni se le ha dado cuerda. Es maravilloso. Es un Rolex original fabricado a mano por el fundador de la marca, a principios del siglo veinte [S. XX]. Es típico de la época. Un octágono construido en madera de jacarandá. Una madera muy valiosa y resistente, y posee propiedades únicas de aislamiento acústico, por eso es la preferida por los artesanos para hacer relojes. ¿Entiende? – El hombre asiente con una sonrisa y se sienta en una silla que juraría no estaba ahí antes. Lo miro extrañado, pero en lugar de preguntar, continúo –. Bueno, en realidad no importa de qué está hecho el reloj. Lo importante es que a pesar de ser un reloj suizo del siglo pasado, tiene unos tallados muy extraños. Unos jeroglíficos característicos de las culturas mesoamericanas, como los mayas o algo así. ¿Interesante, cierto?
-          ¡Mucho! Por cierto. Me encantaría oír más – el hombre me observa como si fuera un conejillo de indias, un bicho raro en un lugar raro. Sin embargo, algo no me permite desconfiar de él.
-          Bueno, el asunto con el reloj – continúo - es que además de único por los tallados mayas, por ser un Rolex fabricado a mano, porque está decorado con oro de veinticuatro quilates [24K] y por un sin fin de razones más… el reloj es único porque era de mi abuela. Ella me lo regaló la noche cuando… – siento el ardor del llanto en mis ojos, pero continúo como si nada sucediera –Como sea. Esa noche hablamos durante horas y antes que me pidiera que la dejara sola, porque quería dormir, me dijo que ese reloj era mi herencia. Que sin importar lo que pasara, el reloj era mío. Era su regalo para mí. Y yo le juré que lo conservaría toda la vida.

Desde pequeño, Hans Roleix observó a su padre fabricar relojes. Le fascinaban los engranajes y sus pequeños dientes. Le encantaba verlos girar, pero lo que más le agradaba era el incesante sonido que hacían, un tic tac infinito, como una gota tras otra que cae en un lago en perfecta calma. Él sabía que la razón de ese particular sonido es la oscilación del volante y su espiral metálica. Ése es el corazón del reloj. La pieza que bombea la energía vital para hacer girar los engranajes.
Gracias a su amor por su padre, su fascinación por los engranes y su obsesión por la medición del tiempo, Hans progresó mucho más rápido que su mentor y a los doce [12] años logró fabricar su primer cronómetro. Eso si no contaba los relojes de sol y de arena que hizo a modo de experimento cuando era apenas un crío.
Pero a medida que crecía, su progenitor envejecía. Muy joven, a los treinta y cuatro [34] años, su padre sufrió una artritis feroz, que al cabo de treinta y seis [36] meses deformó sus dedos de tal manera, que no pudo trabajar más con las manos. En esa época Hans tenía quince [15] años y se hizo cargo de la empresa familiar. Pronto recibió su primer pedido, y luego su segundo y tercero, y comprendió que el tiempo de entrega de sus relojes le impedía lograr la perfección del mecanismo dentro de ellos. No tenía tiempo para crear una maquina perfecta para medir el tiempo. No entendía la paradoja que aquella frase planteaba, pero sí sabía que descubriría la solución.
Tardó más de un año en comprender que solo lograría hacer un reloj perfecto si usaba toda su vida en ello (o quizá la vida de otro). Entonces decidió que le regalaría a su padre el reloj perfecto el día de su cumpleaños cincuenta [50]. Tenía dieciséis [16] años.

-          Esa noche me quedé a dormir en casa de mi abuela. Confieso que me levanté varias veces para ver el reloj. Algo en él me atraía más allá de cualquier razón lógica. Yo acababa de volver a Chile y lo hice exclusivamente porque mi abuela fue hospitalizada. Esa vieja tenía la salud de un roble, así que si cayó a la clínica es porque algo grave le sucedía. Estuvo dos semanas hospitalizada. El médico me dijo que no creía que saliera con vida, pero lo hizo. Sobrevivió hasta la casa sólo para llevarle la contra al doctor – sonrío, pero el hombre de barba no comparte mi sentido del humor -. Como sea. El hecho es que a las cinco treinta y siete de la mañana [05:37 A.M.] del diecinueve de enero de dos mil diez [19/01/2010], el reloj tañó con una letanía mortuoria. Yo sabía que eso era imposible, pues una de las cosas que dijo mi abuela fue que el reloj marcaba la hora con una perfección inaudita, pero que el fabricante nunca arregló sus campanas, así que éstas nunca funcionaron – miré a mi interlocutor con curiosidad. Esperaba ver en su rostro algún asomo de sorpresa o interés, pero nada – Se da cuenta – insisto - ¡Un reloj mágico! Tal como le dije antes – como la expresión del hombre de barba permanece vacía, continúo. Intento recordar los detalles, repetirlos en mi mente para ubicarme, pero todo parece difuso en mi memoria -. Entonces fui donde mi abuela a verla. Para contarle lo del reloj y sus campanadas. No pensé en la hora, solo quería hablar con ella.

Cuando Hans empezó la titánica tarea de construir el reloj perfecto, consumió años solo para lograr engranajes exactos, tanto en peso como medida, pero pronto se dio cuenta que sin importar lo que hiciera, esos engranes siempre perderían un segundo cada trescientos sesenta y cinco [365] días. Y peor, aún cuando consiguiera compensar ese segundo al año, siempre tendría el problema de la cuerda. El reloj debía funcionar solo, eterno y perfecto hasta el fin de los días. El sistema de péndulo ofrecía una solución más perdurable, pero igual terminaba por detenerse. Eso sin contar que a cada movimiento, el roce lo hacía un poco más lento, lo que producía la pérdida de dos milisegundos [0,002 s] al día. Aunque este sistema era mucho más preciso, no era perfecto. Y mucho menos eterno.
Hans sabía que el secreto del movimiento del reloj radicaba en su corazón, en el tic tac que produce el volante y su resorte en espiral. El problema es que las espirales pierden elasticidad con el aumento de la temperatura, por lo que el volante oscila más lento. Buscó compensar esta pérdida a través de la manipulación del mecanismo y para lograr un movimiento constante, desarrolló un rotor perpetuo que da cuerda a la maquinaria al agitar el volante, pero esta solución traía consigo otra pregunta: ¿cómo mover en forma continua un reloj de pared? En uno de pulsera podría funcionar, por el movimiento del brazo, incluso en uno de bolsillo, pero en uno de pared, nunca. Sería ridículo descolgarlo una vez a la semana para zarandearlo y después ponerlo de nuevo en su lugar.
Atascado en este dilema, Hans buscó durante dos [2] años una solución. Entonces volvió a sus inicios, cuando creó su primer reloj de sol. Si bien no tenía la exactitud de los engranajes, el sistema era incansable, mientras hubiera luz, marcaría las horas eternamente. Entonces comenzó a investigar para descubrir cómo llevar esta idea a su maquinaria. Estudió a los egipcios y entendió que ellos concebían el tiempo a través del dios Ra, quien da y quita la vida. Pero su tecnología era demasiado rudimentaria. Sin embargo, esta exploración lo llevó a descubrir a los mayas y la forma en que ellos entendían el funcionamiento del universo. Al igual que los egipcios, los mayas también se guiaban por el sol para medir el tiempo, pero ellos fueron un paso más allá y crearon un calendario perfecto, mucho más exacto y complejo que el georgiano, pues estaba normado por el movimiento de las estrellas y no sólo por el sol y la luna. Unidades de tiempo perfectas y eternas, justo lo que Hans Roleix buscaba.

-          Cuando entré a su pieza, la vi tendida de espalda. Lucía tan delgada y frágil que no me atreví a despertarla – sonrío con melancolía –. Me quedé observándola. Bajo las mantas, su cuerpo apenas era visible, por eso tardé unos minutos en darme cuenta que no se movía. Puse mi oreja en su pecho y entonces lo supe. Había dejado de respi… – un amargo sollozo me ahoga y evita que continúe.
-          Lo entiendo mi amigo. La muerte es algo que todos nos afecta. No se preocupe - lo miro con honda congoja, pero las palabras del hombre de barba son frescas y reconfortantes. Además, debía recordar cómo llegué ahí.
-          Lo siento. Éste es un tema muy delicado para mí. Amé a mi abuela demasiado para expresarlo con palabras, y aunque ya han pasado semanas desde su partida, aún me cuesta contener las lágrimas.
-          Lo entiendo. De verdad. No se preocupe.
Suspiro amargamente y luego continúo.
-          Al verla ahí, le tomé la mano y comencé a hablarle. Tenía la infantil esperanza que si me escuchaba, quizá decidiera volver. Recordé cuando era niño y me daba chocolates, o cuando me compraba libros como regalo de cumpleaños… – sonrío con melancolía y el hombre de barba blanca me devuelve la sonrisa, pero la de él es acogedora como una tarde de invierno frente a la chimenea -. Como sea – continúo -. Mientras más hablaba, más evidente era que no iba a regresar. Entonces le supliqué que volviera, aunque fuera para despedirnos – miré a mi interlocutor con la esperanza que adivinara lo que sucedió, pero nada dijo –. Y mientras apretaba su mano helada y lloraba por su partida, las campanas del reloj volvieron a sonar.
-          Interesante – comenta él.
-          Más que interesante. ¡Milagroso! Antes de esto, yo no creía en la vida después de la muerte. Ahora estoy seguro que esas campanadas fueron la forma en que mi abuela se despidió de mí. Usted pensará que estoy loco, pero no me importa. ¡Yo sé que es verdad! Ese reloj es mágico…

Hans se obsesionó tanto con los mayas y su calendario, que como un rayo de luz en medio de la tormenta, la solución apareció ante él en la forma de una revelación: el único modo de crear un reloj perfecto era ir a México y ahí estudiar a los mayas y su increíble sistema para medir el tiempo.
Apenas pisó tierras mexicanas y como si estuviera predestinado para ello, conoció a Hunhau, un chamán maya que prometió enseñarle los secretos del tiempo astral. Sin embargo, lo primero que Hunhau le advirtió fue que el tiempo es una virtud de los dioses y para acceder a su perfecta sincronía debían adentrarse en los misterios de la cosmología maya.
Hans Roleix era un joven impulsivo y se embarcó en esta aventura sin pensar en las consecuencias que aquella decisión acarrearía. Se internó con Hunhau en la selva centroamericana y vivió ahí durante tres [3] años. En ese período comprendió que para ellos, el tiempo es mucho más que una forma de medir el espacio temporal transcurrido, es el modo de representar un ciclo eternamente repetido, una rutina que se reitera cincuenta y dos [52] veces cada cincuenta y dos [52] años mayas, y que representa la eterna pugna entre la vida y la muerte. Entendió que el tiempo, aunque parece infinito, tiene un inicio y un final.
Durante su estadía, Hans estudió todo sobre el tiempo y sus características, pero no descubrió la forma de crear un reloj perfecto. Tras mil ciento treinta y dos [1.132] días en la selva, Hunhau le preguntó si encontró la respuesta que buscaba, pero Hans confesó que aunque adquirió grandes conocimientos, no pudo solucionar su problema. Entonces, y por primera vez desde que conociera al chamán, le contó la verdadera razón de su viaje. Hans le mostró a Hunhau varios bosquejos de su reloj perfecto. Era una obra de ingeniería maravillosa. Logró evitar la pérdida de un segundo al año al hacer circular el mecanismo a través de cincuenta y dos [52] engranajes y consiguió que la oscilación del volante fuera perfecta y suave, exacta hasta al infinito, pero eso de nada servía, pues aún no podía solucionar el problema más complejo de todos: que funcionara sin cuerda hasta el fin de los tiempos.

-          Después de la muerte de mi abuela, mi familia decidió subastar todos sus muebles para pagar una deuda que ella mantenía con el banco. Y sin importar cuánto supliqué para que me regalaran el reloj, la respuesta fue siempre la misma: “ese reloj es demasiado valioso para dártelo. Si lo quieres, tendrás que comprarlo en la subasta” – el hombre de barba asiente con una sonrisa comprensiva. Es la primera vez que noto en él real interés por mi historia, así que motivado por esto, continúo –. Pasé semanas explicándole a mi familia el milagro de las campanadas. Les conté que ella me lo heredó. Que me lo dio antes de partir. Pero no pude convencerlos y el reloj se fue a la casa de remates. Así que, como le conté al principio, fui a la casa de remates a ver el reloj para comprarlo al día siguiente – entonces me doy cuenta que olvidé lo que pasó después.
-          ¿Y qué sucedió entonces?
-          Bueno, no lo recuerdo con exactitud. Seguramente me fui para la casa – contesto dubitativo.

Cuando Hunhau comprendió el dilema del joven Hans Roleix, se comprometió a enseñarle la forma de terminar su reloj perfecto, pero para aprehender dicho conocimiento deberían ir al templo más sagrado de los mayas, un lugar olvidado por el tiempo y oculto en la espesura de la selva centroamericana. El joven aceptó gustoso y se mostró dispuesto a realizar cualquier sacrificio que fuera necesario. Hunhau sonrió satisfecho y le explicó que estaba muy cerca de lograr su objetivo, solo faltaba un último detalle: la energía que mueve el reloj. Hans, que ya sabía eso, no imagina de qué forma un indio sin educación podría lograr lo que él, el relojero más famoso de toda Europa, era incapaz de solucionar. Sin embargo…
Hunhau le explicó que estaba bien encaminado, la idea de los cincuenta y dos [52] engranes era brillante y la forma de combinarlos representaba una solución digna del dios maya Hunab Kú. Pero lo que él nunca dominaría es la energía vital del tiempo, que es la única forma de lograr un movimiento eterno y perfecto hasta el fin de los días. Ésta es una virtud que solo domina Hunab Kú, dador del movimiento y la medida. Sin embargo, Hunhau sabía cómo hacerlo.
Hans Roleix y Hunhau se internaron aún más en la selva, hasta llegar a un templo abandonado hacía milenios. El chamán le explicó que ahí se inició todo y en ese mismo lugar, también habría de terminar.
Hunhau le dijo que para lograr su objetivo debía fabricar la espiral del volante con una aleación de oro, paladio y plata. Luego dibujó un pictograma al centro de un octágono perfecto y cercándolo, cincuenta y un [51] símbolos más pequeños. Esos jeroglíficos habrían de absorber la energía vital del tiempo y la canalizarían a través del volante y su resorte en espiral. Entonces tomó un cuchillo e hizo un corte en su mano derecha. Bañó con sangre la hoja y se la dio a Hans. Él debía usar esa navaja para tallar con exactitud cada grabado alrededor del cuerpo del reloj e introducir la maquinaria en el centro exacto del pictograma octogonal. Hans pasó más de seis meses tallando la madera y construyendo las piezas del reloj. Cuando por fin terminó de elaborar las partes y piezas que solo podían ser creadas dentro del templo, las embaló y etiquetó con estricto orden y cuidado.
Antes de marchar, Hunhau advirtió a Hans que debía firmar su obra con su apellido labrado en oro, sino Hunab Kú lo maldeciría hasta el fin de los cincuenta y dos [52] ciclos. Por último, debía sellar el cuerpo del reloj con oro, el único metal capaz de conservar la energía divina y mantenerla encerrada en su interior. Lo único que no podría hacer es que las campanas repicaran cada hora, pues ése era tiempo de hombres y el reloj que él se disponía a construir, marca el cronograma del universo y para las estrellas no existen las horas, sólo los ciclos. La muerte de uno da inicio al siguiente.
Cuando Hans se embarcó de vuelta a Europa, llevaba en sus maletas todo cuanto necesitaba para lograr su sueño: la medición exacta del tiempo desde el principio hasta el fin. Durante el viaje se acordó de Hunhau y trató de imaginarlo, pero no lograba darle forma, no sabía si era joven o anciano, alto o bajo, delgado o gordo, sólo tenía un recuerdo brumoso que se construía a través de palabras y sonidos, pero ninguna imagen acompañaba al chamán.
Para cuando llegó a puerto, Hans había olvidado por completo a su maestro maya y sólo pensaba en lo cerca que estaba de completar su sueño. Paradójicamente, el tiempo estaba en su contra, pues apenas quedaban dos [2] años para el cincuentenario de su padre.

-          El día de la subasta llegué temprano y con la ansiedad de un niño que espera al viejo pascuero, aguardé que remataran el reloj. Cuando empezó la puja, me di cuenta de inmediato que la lucha sería difícil. De partida, la postura mínima fue de seis millones de pesos [$6.000.000] y de ahí subió como la espuma de la cerveza en una mesa de borrachos – miré a mi interlocutor, pero mi chiste ni siquiera le provocó una mueca. Tampoco lo hizo el valor del reloj –. Bueno, quizá usted no crea que un reloj pueda costar tanto, pero ése no es un reloj cualquiera, como ya le dije antes. Primero, es un Rolex hecho a mano por el fundador de la marca. Además, tiene adornos de oro. Y los extraños tallados mayas que ya le mencioné e incluso, según me enteré por el martillero, la espiral que da cuerda al reloj está hecha de oro blanco. Usted debiera haber estado ahí. El martillero, un sr. Eyzaguirre, era de lo más divertido, mientras subía el valor, él agregaba detalles anecdóticos a la historia del reloj, como que su antigua dueña fue la persona cincuenta [50] que lo tuvo en su poder. Imaginé cómo habría sido la vida de los otros cuarenta y nueve [49] y entendí que yo sería el dueño número cincuenta y uno [Nº 51] – el hombre de barba blanca permanece inmóvil en su silla. Su presencia es sobrecogedora de alguna extraña manera -. El martillero también contó que para construirlo el fabricante hizo un pacto con el diablo. Luego trató de engañar al diablo y por eso, ahora el reloj está maldito y es capaz de predecir la hora de la muerte de su dueño – sonreí con aire autosuficiente pero no encontré nada en la expresión de mi interlocutor, ni sorpresa, ni emoción, ni deseo, ni nada. Solo barba blanca. A esas alturas, decidí que no me interesaba lo que él pensara. Lo único que quería era recordar como llegué hasta ahí –. Como sea. Me sorprendí al descubrir que el martillero sabía más del reloj que yo. Luego pensé que solo estaba inventando cosas para subir el valor de la subasta, pero de inmediato recordé la muerte de mi abuela y las campanas antes y después de su partida – siento el amargo sabor de las lágrimas cuando están a punto de aflorar, pero me aguanto -. Yo sabía que la maldición era verdadera, pues fui testigo privilegiado. Para esas alturas el valor del reloj rozaba los nueve millones y medio [9.500.000]… es curioso, pero cada vez me cuesta más recordar lo que pasó – miro el espacio vacío que nos rodea e intento rememorar, pero nada salta a mi mente -. Como sea. Cuento corto, compré el reloj por quince millones doscientos cincuenta mil pesos [$15.250.000].

El primero de junio de mil novecientos diez [01/06/1910], el día del cumpleaños cincuenta [50] de su padre, Hans envolvió con delicadeza su regalo. Lo tomó en sus brazos y comenzó a bajar las escaleras, pero antes de llegar al último peldaño, escuchó tañer las campanas y luego el grito de su madre y hermana. Corrió hasta el comedor familiar solo para encontrar a su padre botado sobre la torta de cumpleaños, con los ojos blancos y un hilillo de baba y sangre fluyendo con lentitud de su boca.
Hans Roleix recordó a Hunhau y su advertencia. Abrió el paquete y puso su regalo frente al cadáver de su padre, con la esperanza que por lo menos su alma lograra verlo. Entonces las campanas repicaron con sus sones de muerte y Hans comprendió que ese sonido era su padre diciendo adiós.
Meses después, su madre le preguntó por qué firmó Rolex en el reloj en lugar de “Roleix”, a lo que Hans se limitó a contestar que se quedó sin oro para hacer la “i”. Hans guardó su pecado hasta la tumba y junto con él, murió también su secreto.
Hans Roleix Wilsdorf falleció la madrugada del trece de septiembre de mil novecientos veinticuatro [13/09/1924]. Tenía cincuenta y dos [52] años y lucía una prominente barba blanca. Su expresión era serena.

-          Y qué pasó cuando compró el reloj – preguntó el hombre de barba.
-          No lo sé. ¡Espera!… - un sonoro silencio invadió el espacio donde estábamos – ¡ahhh sí! Ahora lo recuerdo. Unos días después fui a buscar el reloj y me fui con él a la casa y entonces… - busqué en mi memoria para sonsacar de sus recovecos lo sucedido, pero nada conseguí, aunque por fin pude notar la ansiedad dibujada en el rostro de mi interlocutor. Eso me hizo recordar –. Entonces… escuché sonar las campanas del reloj.