martes, 20 de noviembre de 2012

Evolución



La primera vez que vinieron, solo éramos simios en espera de evolucionar. ¿En qué? No lo sabían, por eso decidieron no intervenir. Pero luego, miles de años después, al ver en lo que nos habíamos transformado, eligieron ayudarnos. Lo primero que hicieron fue mostrarnos como se dibujan los sonidos; nos ensañaron a pintar las palabras. Y se fueron.
Volvieron unos milenios después y lo que encontraron les pareció satisfactorio. Vieron como nos organizamos en reinos y construimos una precaria economía centrada en la industria bélica y agraria. Como consecuencia, la población creció y migró a las ciudades; era el augurio de la revolución industrial. Si el desarrollo social y tecnológico seguía a ese ritmo, nosotros seríamos como ellos en mil años más. Por eso volvieron novecientos años después.
Con desilusión vieron que nos detuvimos, que en lugar de avanzar, retrocedimos, que durante novecientos años nos rendimos a las órdenes de un dios vengativo y belicoso, que el oscurantismo nos alcanzó a todos. Decidieron ayudarnos, y por eso inyectaron algunas mentes privilegiadas. Entonces, igual que antaño, el mundo volvió a ser redondo. “Ahora avanzarán más rápido”, pensaron. Y se fueron de nuevo.
Volvieron a mediados del siglo veinte y admirados, aplaudieron todo lo que habíamos creado. Se maravillaron con nuestro progreso y se sorprendieron de nuestras capacidades. “Cada vez somos más parecidos”, pensaron. Pensamos.
Y desde entonces no se han ido. “Ya les falta tan poco”, opinan, “tres siglos, máximo”. Llevan miles de años deambulando por el universo y somos los primeros similares a ellos que descubren. Creen que por fin dejarán de vagar y podrán restablecerse aquí, con nosotros. Por supuesto, podrían conquistarnos o exterminarnos, podrían robarnos la Tierra, pero no les interesa, saben lo que la guerra provoca. Ellos prefieren esperar. Y compartir. Este planeta alcanza para todos.
Por desgracia, están pensando en irse de nuevo. Con amarga desilusión atestiguan como algunos levantan la Espada de Damocles en nombre de un nuevo dios, observan como el profeta y su amo quiere hundirnos en otra era de oscurantismo. “Tendremos que esperar un milenio, igual que la última vez”, opinan con melancolía.
Desde entonces no los hemos vuelto a ver. Quizá ya se fueron.