jueves, 6 de mayo de 2010

El Juicio de Santiago



     Todo lo que Santiago sabía sobre la fiesta de aquella noche era que atendería a unos importantes señores en una fiesta privada. La paga era excelente y el único requisito era la discreción, no debía comentar a nadie lo que viera o escuchara. Aunque el ofrecimiento era sospechoso, Santiago pensó que sería una buena oportunidad para ganar unos pesos extras mientras encuentra otro trabajo. En su último laburo de garzón se vio envuelto en una disputa entre los tres dueños del restorán. Cada uno esperaba que él estuviera de su lado y apoyara su demanda. Los argumentos parecían lógicos y justos, así que Santiago dudó durante mucho tiempo, hasta que se decidió y apoyó a uno de ellos. Al final de la querella, él fue despedido y los socios volvieron a ser tan amigos como antes.
     Cuando cae la noche, los invitados comienzan a llegar y Santiago atiende con esmero a los asistentes. Le asignaron la mesa principal, lo que supone un gran honor. Cuando la fiesta está en su apogeo, todos cantan, bailan y beben como si no hubiera un mañana. Un gordo desnudo está cubierto por cocaína y unas niñas de catorce años lo siguen a todos lados y lamen su cuerpo seboso. Un grupo hace una fila donde la persona de atrás fornica al de adelante y así hasta llegar al primero, que se masturba mientras otro hombre lo penetra con ansias. En una mesa hay una mujer desnuda cubierta con salsa de champiñones y los comensales usan tenedor y cuchillo para servirse. En poco rato la mesa se cubre de sangre y todos parecen disfrutarlo, incluso la mujer desnuda cuya carne devoran como pirañas hambrientas.
     Es que en las increíbles bacanales organizadas por la sociedad de Júpiter nada parece demasiado y todo no es límite suficiente.
     En medio del desenfreno, tres mujeres pelean por una manzana que tiene escrita las palabras: “Para la más bella”. Todas quieren la fruta, así que Júpiter, el presidente de la sociedad secreta, interviene. Como nadie se atreve a afirmar quién es la más hermosa, pues todas tienen atributos de sobra, deciden que Santiago será el juez de tan bizarro concurso de belleza. Lo encierran en una pieza y una a una las candidatas pasan con él una hora en la habitación. La primera hace que Santiago tenga un orgasmo tan prolongado que cae al suelo en éxtasis. Antes de irse, la mujer promete que si la elige, ella lo hará más poderoso de lo que jamás soñó. La segunda viola a Santiago y le enseña placeres desconocidos, goces secretos que hasta el más liberal consideraría aberraciones. Antes de salir le ofrece todo el dinero que desee. La tercera mujer se acurruca junto al agotado cuerpo de Santiago y lo acaricia hasta que se duerme. Una hora después lo despierta y promete que, si es electa, él encontrará el amor verdadero.
     Santiago se viste con calma mientras en el comedor principal los invitados esperan su veredicto. Cuando llega al salón, Júpiter pone en su mano la manzana de la discordia y las tres mujeres, aún desnudas y más bellas ahora que antes, le preguntan cuál es su decisión. Santiago, confundido y acorralado, actúa como todo un caballero: se come la manzana con tres rápidas mordidas.