jueves, 30 de mayo de 2013

Metonimia y Metáfora.


Los conocía tan bien como a cualquier otra pareja, como a la novia de mi mejor amigo, o a la esposa de mi hermano. Es decir, tan bien como cualquiera conoce a las demás parejas. Porque uno solo ve la relación por fuera, la roza tangencialmente pero nunca llega a penetrar en sus secretos, en esos conflictos que las parejas solucionan sobre el colchón y que muchas veces esconden debajo de él.
Desde fuera todo parecía perfecto, tal para cual, dirían muchos. Pero el tiempo demostró lo contrario y su quiebre definitivo lo confirmó. Muchos especulan con lo que sucedió y por supuesto, yo no soy la excepción.
¿Quieren saber lo que creo? Pienso que eran demasiado parecidos.
Ambos nacieron de la comparación, de la similitud, de la aproximación de conceptos, pero nunca fueron iguales. Mientras ella insistía en excluir, él quería incluir, mientras ella quería sacar, él quería meter. Y por eso discutían. Metonimia quería incluir el objeto de su deseo, pero ella lo quería fuera, deseaba extirpar lo que él ansiaba incluir. Y eso, creo yo, fue lo que provocó el quiebre definitivo.
Ahora están separados y él lo pone cuando quiere, y ella no tiene nada que decir, pues ya no están juntos, ya no son lo mismo. Por su parte, ella saca lo que desea, omite todo lo que le parece que está de más. Y lo hace porque puede, porque está sola y porque esa es su opción.
Sé lo que me van a decir. Que es obvio, que Metáfora es de Venus y Metonimia de Marte, que son de mundos distintos y que solo un ciego podría pensar que son compatibles. Y puede que tengan razón. De hecho, ahora yo también lo creo, pero al principio…
Bueno. Ahora ya no importa lo que crea. Ella excluye y él incluye. Y así siguen, como el aceite y el vinagre, uno arriba y otro abajo. Porque el Metonimia es el sol que abunda en el desierto, mientras que la Metáfora es el agua que escasea en las dunas.