viernes, 10 de junio de 2011

Historia de un eterno romántico en el metro (y un narrador poco perceptivo que cuenta su historia)

            Y pensar que más encima tengo que pagar para ser aplastado y molido en medio del estómago del gran dragón celeste y eléctrico. Es una ironía en la que medito largamente mientras desciendo por la cueva donde él habita. Pero me queda un consuelo: sé que hoy la volveré a ver y no dejo de pensar en cuándo y dónde me encontraré con ella, en si será rubia o morena, o quizá tenga un color de cabello sicodélico, algo como fuccia o azul. Quizá por fin sea tan alta como quiero y quizá por fin tenga esos ojos verde esmeralda que me hacen soñar con un futuro verde y un pasado azul. No lo sé con certeza, pero lo que tengo claro es que hoy la veré y también hoy, la volveré a amar, azul como antes y verdísima para mañana.

            Son las ocho y media, la hora más congestionada del metro de Santiago. Él hace su aparición en la estación Toesca, como rutinariamente repite día a día. Siempre que entra, cumple con el mismo ritual: frente a la boletería abre su billetera y revisa si tiene el boleto para entrar y aunque sabe que siempre está ahí, detrás de su ajado carné, lo hace mirando al cajero, como buscando una explicación en sus ojos. Después, también igual que siempre, baja presuroso la escalera y recorre el andén en busca del panel donde se ponen los afiches de obras de teatro, seminarios, festivales y cosas así, y tal como ocurre siempre, apenas llega frente a él, aparece el tren que interrumpe la lectura que nunca empezó.

            Antes de ser devorado por la bestia, alcanzo a ver los rostros de aquellos que empezaron a ser digeridos antes que yo. Sus fauces se abren implacables y me sumerjo sin gritar en la masa amorfa que alimenta sumisa al dragón celeste y eléctrico. Pero no me interesa, sé que apenas cierre su hocico lo tendrá que abrir para dejarme salir en busca de su hermano mayor. Y una vez más huiré despavorido de la masa informe en busca del otro dragón celeste y eléctrico, con la esperanza eterna de encontrarme con ella y disfrutar otra vez de la paz de su mirada perdida en la multitud anónima.

            Al abrirse la puerta, intenta entrar empujando sutilmente, sabe que si no presiona a sus temporales compañeros de viaje no lo dejarán abordar, pero también, conocedor de este tipo de menesteres, sabe que si ejerce demasiada fuerza tendrá algún encontrón, o por lo menos, algún comentario sarcástico respecto de su torpe estilo para subir. Aunque esto no le preocupa demasiado, trata de evitar los malos ratos que una actitud demasiado agresiva podría causar. Por fin, dentro del carro, su mirada extraviada está tan seca y vacía como lleno está el vagón, y es que él sólo piensa en llegar a su trabajo y por eso se deja guiar obedientemente por la marea humana que desciende del tren en busca del trasbordo que los hará llegar puntuales a sus oficinas.

            Con la mente ligera, me arrastro solitario a través de la multitud anónima, con la certeza que entre la carne molida está ella, esperando que mis ojos la encuentren, radiante y perfecta. Igual que siempre. Azul como antes y verdísima para mañana. Pero por más que busco, no logro hallar la magia del amor casual y ya casi entro al estómago insaciable de la bestia junto al resto de la materia fecal, misma que hace resaltar más tu belleza pura y casta. Y es que aunque inmaculada a mis manos, mis ojos no dejan de acariciarte, besarte, desearte, como arte, cuadro de técnica mixta sobre tela, sin restricciones carnales, sólo mentales. Una galería de arte o mejor aún, una galería de deseos, donde presento por enésima vez una exposición individual, y tú, por enésima vez, no lo notarás o peor aún, quizá lo notes y hasta disfrutes y sonrías con mi exposición. Y después, todo acabará verde en una estación sin nombre y con gusto a despedida azul.

            Mientras baja por las escaleras en busca del trasbordo que lo hará llegar a su oficina, la multitud apura o frena su andar según sus caprichos e involuntarios deseos, y él la obedece sin cuestionamientos, porque su vida carece ya de ellos. Su devenir diario parece estar marcado con la entrada y salida del metro, pues es en estos menesteres en donde su rostro de muerto luce su real sentir. Aunque sentir es una exageración, porque él hace mucho tiempo dejó de sentir, incluso cuando debe luchar por entrar en aquel vagón repleto. Los Héroes debe ser la estación más atochada de todo el metro y es en ella donde su impavidez resalta con mayor fuerza, porque mientras lo empujan, aplastan y tironean, su rostro seco de todo sentir busca por sobre la multitud los sentimientos que extravió tanto tiempo atrás.

            Estoy rodeado, aplastado y los jugos gástricos de la bestia empiezan a hacerse sentir, implacables, como la arena sobre el tiempo. Por suerte la criatura defeca en cada parada la bosta nauseabunda que rellena su estómago implacable. El ambiente se hace respirable y desaparece el vaho ocre de la papilla humana que rodea tu cuerpo sinuoso. Absorto en este pensamiento, nado en busca de las islas de tus senos, el único salvavidas al cual puedo asirme en medio de la desesperación. La voluntad empieza a flaquear y mi cuerpo sin fuerza comienza a hundirse anónimo en la marea ácida. El gran dragón celeste y eléctrico hace su cuarta parada. Alabada detención, sagrada cagada, maldita ingestión. Pero esta vez, cuando la bestia vuelve a tragar, apareces tú, celestial y diabólica, perfecta y soñada. Hoy luces mejor que nunca jamás, más bella que la belleza misma, perfecta como el cielo estrellado y jamás chocado. Hoy traes el cabello castaño y los ojos azules como el pasado, la estatura justa del presente y el rostro verdísimo del futuro. Me pregunto como te llamarás hoy, donde hibernarás la tarde, quizá hasta tenga la suerte de compartir contigo mi turno de ser defecado, aunque sé que nunca juntos, porque tú no puedes ser parte de la materia inerte y hedionda que expulsa el gran dragón. No, tú sales orgullosa y erguida, rodeada por un aura magnífica que evita que el mundo te roce. Ojalá hoy sí tenga esa suerte.

            Mientras el tren avanza, por fin, después de mucho, es posible percibir una pequeña reacción emocional, quizá sea un acto reflejo, o quizá sólo sea una luz que aparece en sus ojos debido que la gente no repleta el vagón como antes, pero lo que sea, ya es algo. O mejor dicho, bastante, demasiado inclusive, sobretodo para este ser abstraído de la vida, estresado por el trabajo, absorto en responsabilidades, carente de sentimientos, un muerto afuera de la oficina. Un ser que claramente nace al bajar del metro en la mañana y muere al subir en él por la tarde. Ese tipo de ente que aunque una bella mujer de azules ojos se ha colocado a su lado, su única reacción es un largo y ambivalente suspiro. Y es que todos sus pensamientos se orientan a cumplir sagradamente con su trabajo, con la labor diaria que le asignan, en lograr sus objetivos sin pensar que en su interior su alma se seca irremediablemente.

            Mi mirada, abstraída del entorno y cerrada en tu belleza, me hace pensar en la crueldad de afrodita, que manda a su hijo con flechas implacables, siempre dispuesto a hacerme caer y decaer en tu hermosura distante y abstracta. Inalterable en su esencia y siempre variable en la piel, tu belleza única es sinónimo de amor platónico en el interior del estómago de esta criatura celeste y eléctrica. Descubro feliz que notas mi existencia, que percibes mi alma etérea rodeando tu cuerpo voluptuoso y es entonces cuando más sufro, porque sé que este breve contacto deberá terminar, azul como antes y verde en el futuro.
Desdichado de mí, que soy el único que sabe lo implacable de esta verdad que aún desconoces, no por azar, sino porque estás inmaculada, incluso de la crueldad del destino, que imperturbable nos obliga a separarnos y reencontrarnos diariamente, para que así pueda sufrir mi vida y gozar los breves espacios cuando cruzamos nuestra existencia en el devenir diario del dragón celeste y eléctrico. Pero no importa demasiado, porque siempre me queda la verde promesa de un encuentro futuro y el azul recuerdo de la despedida.

            En la medida que el tren avanza, el rostro inerte de nuestro protagonista parece adquirir matices de iracunda esperanza. O quizá sea que la hermosa mujer de ojos azules lo observa y hace que toda la rabia de los seres menos afortunados que él se reflejen en su cara y agite su corazón carente de sentimientos. Existen muchas razones para vivir y más razones aún para sentir, y por lo mismo, ver alguien incapaz de transmitir nada es quizá más asfixiante que el metro lleno de la estación Los Héroes. Y mientras más vacío queda el vagón, más vacía su alma, que por lo menos antes escondía su vacuidad con el latir constante de los corazones que la rodeaban, pero que ahora parece sólo tener el bip uniforme del código binario de la computadora de su oficina.

            Malditas encrucijadas, y aunque nada de lo que está relacionado contigo pueda ser maldito, el hecho que tu aura desaparezca apenas unos minutos antes que la mía es una maldición en sí misma, independiente de ti e incluso de mí. Es un destino cegado, abandonado de la belleza del amor, egoísta en esencia y ambicioso en horror. Porque no existe otra forma de describirlo, sino egoísta y ambicioso, deseoso siempre de arruinar mi arruinada existencia. Vida maldita, ya que cargo sobre mis hombros la maldición del amor diario, amor absoluto y perfecto, o mejor dicho, casi perfecto, porque siempre es breve, demasiado breve. Y justo hoy, cuando por fin pensé que podría cambiar mi cruel destino cercando tu cuerpo, ya no más con mi mente sino por fin con mis brazos, mis labios, mi piel. Soñar no cuesta nada, pero en mi caso cuesta mucho, cuesta un azul pasado, siempre muy triste y muy azul.

            Al llegar a la estación Los Leones, el vagón queda prácticamente vacío. La hermosa mujer de azul mirada desciende en esta estación, llevándose con ella la esperanza de que los menos afortunados logren hacer sentir algo al único muerto que es posible ver caminando en los vagones del tren. Quizá sea exagerado, porque una leve aura de tristeza puede ser percibida si es que alguien se esmera en ello, aunque esto nunca será suficiente para afirmar que está vivo, porque la esencia de la vida son los sentimientos y es completamente imposible que una persona así sienta algo, salvo un poco de rabia y la levedad de una tristeza que asume pero que jamás reconocerá.

            Por fin logro ser desechado por la bestia, herido por flechas destellantes que cazaron mis esperanzas y calzaron mis sueños. Y es que así es mi vida. Azul como antes y verde en el futuro. Vida breve y cruel que transcurre entre la dicha de tu visión y los millones de minutos de tu ausencia. Aunque siempre me queda el consuelo de pensar en cómo serás cuando vuelva a entrar al estómago siempre hambriento de esta criatura que nada sabe del amor o la belleza. Lo bueno es que el verde futuro será igual que tú, etéreo y perfecto, eso ya lo sé, pero qué color de cabello tendrás, que sutil regalo aportarás a mi corazón que hará que maldiga a Afrodita y desprecie a su vástago. Mas en la certeza de un verde futuro y un azul pasado, siempre esperaré con ansias la tortura asfixiante del gran dragón celeste y eléctrico.

El rutinario y minúsculo vaivén del metro parece ser el espejo perfecto de la vida de este ser, que lo poco que siente, lo camufla con el maquillaje de su esquizofrénica rutina. Es que apenas una estación después del milagro de la tristeza, el desierto estéril vuelve a invadir el alma de este ser trabajólico, que baja del metro con la esperanza de otro feliz día de laburo, en donde el único sentimiento con el que deberá lidiar es el irrefrenable amor que su computador le brinda a diario. Es que no hay nada más placentero que una tarde de pasión frente al monitor y aunque sabe que este feliz día laboral deberá terminar, mantiene la esperanza de trabajar hasta tarde, muy tarde, y así poder prolongar lo más posible su eterno romance computacional y mantener alejado de él cualquier sentimiento real.

martes, 19 de abril de 2011

José Ramón

José Ramón despierta en medio de la nada. No recuerda cómo llegó ahí, tampoco sabe cuándo se durmió. Observa a su alrededor, pero sólo ve blanco. No existe ningún indicio de dónde empieza o termina ese lugar. Desconcertado, cavila sobre su situación.
Su educación castrense lo obliga a investigar la zona. Se pone de pie y camina en línea recta. Avanza cincuenta pasos y choca contra una inmaculada pared blanca, invisible a la vista, pero sólida como roca. Luego camina de vuelta por la que supone es la misma línea recta y cuenta cien pasos antes de golpear con la cabeza en la pared opuesta. Pasea los dedos por la superficie en busca de alguna imperfección, una grieta, un “made in china”, cualquier cosa que indique dónde está. El material es desconocido para él, parece algún tipo de acrílico. Lo golpea con el pie para probar su resistencia. Nada, ni siquiera un ruido. Tampoco hay sombras. La luz mana desde el alma de la habitación. José Ramón levanta sus brazos y observa su cuerpo con curiosidad. Viste una túnica de lino y alpargatas, ambas blancas e inmaculadas.
Recorre la pared en busca de una esquina, para así determinar la dimensión del lugar. Camina sin descanso durante dos horas y luego se rinde. Piensa unos minutos, se saca una alpargata y comienza de nuevo. Después de seiscientos veintiocho pasos y fracción, vuelve a encontrar su zapato. Justo el perímetro que calculó José Ramón. “La habitación es redonda”, piensa.

sábado, 12 de febrero de 2011

Delito

Sé que está de moda y es el tema más repetido en las noticias. Sé que cuatro de cada cinco personas conocen a alguien que ha sido víctima de un delito. También reconozco como verdadero el problema de la puerta giratoria en las cárceles. Pero hasta hace poco, la delincuencia sólo era un fantasma para mí. Eso hasta que plagiaron mi cuento favorito. Eso sí que es un crimen… y exijo justicia.

viernes, 28 de enero de 2011

Algas Marinas

            La sigue desde hace tiempo. La observa hacia los lados y pasea como si fuera algo casual, pero ella tiene demasiada experiencia en estas lides, por eso reconoce de inmediato sus intenciones. Está cansada. Se siente vieja y fea. Duda. Quizá ese joven no busca sexo, solo es una coincidencia. Entonces sus miradas se cruzan y el muchacho voltea nervioso.
Ahora está segura. No es su imaginación.
Tiene dos opciones: enfrentarlo o huir. Mientras se aleja, piensa dónde ocultarse. El lado Norte siempre está en penumbras y hay rocas, cuevas y otros escondrijos. Decide ir para allá, pero entonces se le ocurre una idea. Camino al Norte, se detiene en medio de la Rotonda. Si él pasa por la derecha, lo rodeará por la izquierda o viceversa. Le dará una vuelta al asunto. Literalmente. Se esconde entre la vegetación, pero cuando él aparece, no sigue derecho, sino que recorre la rotonda. Adivinó su plan. Ahora solo es cosa de tiempo para que la atrape. Quizá no la vea entre el denso follaje, pero lo duda. Está vestida de naranja y blanco, colores que resaltan como un rascacielos en medio de la selva. Mientras piensa en camuflajes, él pasa de largo. De inmediato aprovecha la oportunidad y huye en sentido contrario.
            Ahora se detiene en la Rotonda del lado Sur. Es imposible que la vea. ¿Y si la huele? Está nerviosa. Su respiración es agitada. En ese lugar la vegetación es rala y el sol alumbra todo. Si se acerca, la verá de inmediato. No hay un solo recoveco donde ocultarse. Entonces recuerda que un poco más allá está el bosque de Loto, que es oscuro y frondoso. Ése sería un buen escondite.
            Avanza treinta y siete centímetros hacia el Sur cuando él la encara. Ella lo empuja, pero el joven es fuerte y resiste sus embates. Odia a los adolescentes, tan bruscos e impetuosos. Siempre están calientes. Creen que mientras más se aparean, más machos son. Se libera con un brusco movimiento de cadera y huye al bosque. Él la intercepta y la empuja hacia las frondosas algas. Antes le pareció un buen escondite, pero ahora se da cuenta que ahí, en medio del bosque de Loto, nadie llegará en su ayuda. La excitación vuelve loco al muchacho y la empuja con más vehemencia. Esquiva un nuevo empellón con un fuerte movimiento de cola. Él se lanza furioso contra ella.
            Por fin la inmoviliza. Ya no tiene escapatoria. Ahí, oculto por las sombras, comienza a presionarla. La empuja y golpea contra las espesas hebras verdes que flotan pegadas a la pared, cada vez con más vehemencia, hasta que ella, resignada y cansada, suelta millares de huevos. Él, histérico, extasiado de placer, nada en un mar de feromonas, suelta su semen y fertiliza las minúsculas esferas. El ritual de apareamiento del Carassius está completo.

-         Este cuento me recuerda al modo en que se aparean unos hijos de puta que andan sueltos por ahí. ¿Sí? ¿A ti también?




Nota del autor: este cuento está inspirado en la pintura
"Algas Marinas" de Luis Vargas Rosas... y en mi pileta con peces (carassius).

miércoles, 17 de noviembre de 2010

¿Cómo llegué a esto?

El Pito transpira copiosamente. Su corazón galopa agitado en el pecho. Está de pie con un cuchillo carnicero en su mano derecha. Luce golpes, cortes y magulladuras por todo el cuerpo. La pelea fue brutal, pero al final, resultó victorioso. Ahora debe decidir qué hacer. Su mirada baila entre el hombre arrodillado frente a él y la puerta. ¿Y si entra alguien? ¿Y si lo ven? Él está indefenso.
Incluso de rodillas, Benjamín lo amenaza, lo desafía, pero el Pito permanece inmóvil. Piensa en las consecuencias. Sopesa sus opciones. Entonces observa el rostro de su rival, deformado por la rabia y la impotencia. Lo ve mover la boca, sacudir los brazos. Chilla como un cerdo en el matadero. No escucha lo que dice, el único sonido que siente es un pitillo agudo que llena su cabeza. Sabe lo que debe hacer y sin embargo… entonces suspira, cierra los ojos y con un certero movimiento entierra el cuchillo en la garganta de su rival. Luego retrocede.
El tiempo se detiene, el sonido desaparece, la habitación gira, los colores se blanquean frente a sus ojos. Benjamín se levanta, pero cae de inmediato. Intenta gritar pero ninguna palabra sale de su boca, solo un ruido acuoso, como si hiciera gárgaras después de lavarse los dientes. El mango negro y su filo reluciente se mueven como un péndulo que cuelga del cuello. Apenas hay sangre en la herida, hasta que el cuchillo cae y entonces el fluido rojo sale a presión desde su garganta.
“¿Cómo llegué a esto?”, se pregunta el Pito. Luego se desmaya.


Cuando dejo de escribir, una lágrima escurre por mi rostro hasta golpear la tecla “M”. Muerte, pienso. El cursor parpadea, el teclado enmudece. Me levanto y observo el cielo por la ventana redonda. El día está nublado, melancólico. Pienso en la última frase: ¿Cómo llegué a esto? Entonces recuerdo el cumpleaños 40 del Máster. En esa fiesta nos reunimos todos: el guatón, Sotov, Jimbo, Valdés, el festejado y por supuesto, yo. Esa velada fue memorable, tanto por su duración (viernes, sábado y domingo) como por la cantidad de drogas y féminas reunidas. Sin embargo, mi disputa con Benjamín empezó después. Y como suele suceder, una mujer fue la causa.
Intento volver el tiempo atrás, al comienzo de todo. Pequeños retazos de memoria llenan mi mente con imágenes inconexas. Sí. Ahora lo recuerdo. El principio fue el final del taller literario…

martes, 26 de octubre de 2010

Hay cosas peores

“Esto es lo peor que me pudo pasar. Nunca lo superaré. La amo demasiado”, se repite Juan una y otra vez. Camina ebrio por la playa con la extraña sensación que hay algo onírico en lo acontecido. Como si no fuera real lo que acaba de ver. Repasa mentalmente las imágenes en su cabeza, les busca un fallo, un error, algo que indique que sólo soñó ver a su esposa acostada con Pedro, su mejor amigo. Pero no puede mentirse. Levanta la botella de güisqui y da un largo trago. Conoció a María en el colegio y desde entonces no existe otra mujer para él. Muy pocos podrían decir que han amado tanto. Y nadie se ha sacrificado más que él.
Recordarla jadeante sobre el cuerpo de Pedro lo llena de una angustia tan grande, que pronto se transforma en dolor físico, un revoltijo de tripas, un calambre en el estómago, una agonía tan inmensa que lo hace caer como un ovillo sobre la arena húmeda. Sus lágrimas se hielan sobre las mejillas.
La luna llena brilla entre las nubes, encima de la cabeza de Juan, pero él es incapaz de ver por encima de su propio dolor. Ni siquiera siente el frío que cala sus huesos. También lo ayuda la botella de güisqui y su ebriedad. A duras penas se levanta… maldice su suerte, llora de rabia, de impotencia, se odia a sí mismo. Nada podría ser peor. El amor de su vida lo engaña con su mejor amigo.
Camina hasta llegar a un acantilado de rocas, un lugar que conoce bien, pues ahí va a mariscar desde que era un niño. Cuando estaba en tercero medio tuvo su primer hijo con María y se vio obligado a dejar el colegio para trabajar. Los profesores decían que tenía un gran futuro y Juan pensaba lo mismo. Soñaba con estudiar ingeniería industrial y ser un empresario exitoso. Tenía grandes proyectos, pero todo se frustró con el nacimiento de su hijo. En ese entonces no lamentó su suerte, porque podría terminar el colegio de noche y en las mañanas, mariscar para ganar dinero. Sus sueños aún estaban ahí, al alcance de su mano. Se sienta en la orilla del acantilado a ver las olas reventar, diez metros más abajo. La brisa marina le moja el rostro y el olor salobre del mar llena sus pulmones. Esta sensación siempre le ha alegrado, pero esa noche sólo puede sentir aquel extraño vacío en el estómago, la vacuidad que produce el amor cuando se rompe.
Después del nacimiento de su primer hijo las cosas no fueron fáciles para Juan, pero estaba enamorado y nada podía borrarle la estúpida sonrisa del rostro. Entre su trabajo de mariscador y los estudios, tardó tres años en terminar tercero y cuarto medio, pero en la PSU sacó tan buen puntaje que pudo regodearse a la hora de elegir universidad. Consiguió el máximo nacional en matemáticas y obtuvo una beca en la Universidad Santa María de Valparaíso. Ahora sólo a estudiaría, pues con la beca pagaría sus estudios y con lo poco que sobre, alimentaría a María y su hijo. Pero la vida volvió a retrasar sus sueños: un segundo bebé venía en camino.
Cuando su hija nació tuvo que volver a mariscar, la beca no alcanzaba para todo. Trató de trabajar en las madrugadas y estudiar por las noches, pero no pudo, pues tenía que cuidar a sus hijos para que María saliera con sus amigas. Decidió que por su familia podría retrasar un poco más sus sueños. Congeló en la universidad y dedicó todo su tiempo a la casa y el trabajo. Pero estaba enamorado y eso le bastaba para ser feliz. Aún conservaba esa sonrisa idiota, pero ahora la coronaban dos grandes ojeras. Veinte años han pasado desde entonces y Juan no ha dejado de amar a María ni un solo día. Levanta la botella de güisqui y da un gran sorbo. Las nubes se abren y la luna llena ilumina todo con una luz amarilla y aterciopelada.
Juan mira al otro extremo del acantilado y encuentra un lugar mejor para ver el mar en esa noche de amores rotos y sueños jubilados. Camina tambaleante cuando un descuido lo hace caer por el barranco. Se golpea repetidas veces en la pared de roca antes de llegar al fondo. Trata de pararse, pero tiene una pierna rota y sólo consigue sentir un dolor espantoso, peor que descubrir a María con Pedro. Se mira la pierna y ve que el hueso atraviesa la carne. Se toca el rostro y siente la sangre caliente correr. Una ola explota y lo cubre hasta la cintura. Una más grande la sigue y esta vez, el agua llega hasta su cuello y la corriente casi lo arrastra. La borrachera desaparece, igual que la luna, María y el resto del mundo. Sólo está el mar y él, y entre ellos, la lucha por sobrevivir.
Con un esfuerzo sobrehumano, Juan se arrastra para alejarse del agua. Entonces se da cuenta que también tiene un brazo roto, pero si quiere vivir, debe subir a unas rocas medio metro más arriba. Con un brazo y una pierna intenta alzar su cuerpo inerte. Un dolor febril lo hace gritar mientras cierra el ojo izquierdo para evitar que la sangre entre en él. Después siete olas y diez minutos de angustia, que para él fueron horas, Juan está a salvo sobre la roca. Ahora el mar no amenaza con arrastrarlo, las olas que revientan lo mojan con la periodicidad de un péndulo.
Juan piensa esperar ahí hasta que sus compañeros vayan a mariscar a las cinco de la madrugada. Sólo debe resistir unas cuantas horas, aunque el dolor hace que sienta el cuerpo agarrotado y la mente enlodada. Tampoco lo ayudan los tres grados bajo cero que hay esa noche.
Mojado, con el cuerpo cubierto de sal y sangre, con la piel de gallina y periódicos espasmos de dolor y frío, Juan mira la vida con otros ojos. Ahora María parece un sueño nuboso. Intenta dormir, pero cada vez que cierra los ojos un violento dolor le recorre la espalda.
A las cinco de la mañana, sus colegas llegan al acantilado y lo ven. Juan está adormilado, igual que sus sueños de empresario, entonces una ola lo moja de pies a cabeza y recuerda donde está. Pensó que no lo lograría, pero ahí están sus compañeros.
Cuando el helicóptero de la armada aparece en el cielo, son las nueve de la mañana y lo peor ya pasó. Al menos, eso piensa Juan, hasta que ve a María gritarle desde la cima del acantilado. Junto a ella está Pedro. Entonces recuerda como galopaba desnuda sobre su amigo, y sus sueños largamente postergados aparecen en su memoria. Los marinos lo inmovilizan sobre la camilla y lo suben al helicóptero.
Aunque los analgésicos son poderosos, aún le duele todo, en especial la pierna. Con los ojos entreabiertos ve alejarse a María y Pedro, quienes le hacen señas desde el acantilado.
- Señor… ¡Señor, reaccione! – le dice un joven de pelo corto y vestido con traje de buzo – dígame algo.
Juan apenas consigue susurrar unas palabras ininteligibles. El joven se acerca para escucharle.
- Dígale... dígale a María... que se vaya a la concha de su madre…