martes, 19 de abril de 2011

José Ramón

José Ramón despierta en medio de la nada. No recuerda cómo llegó ahí, tampoco sabe cuándo se durmió. Observa a su alrededor, pero sólo ve blanco. No existe ningún indicio de dónde empieza o termina ese lugar. Desconcertado, cavila sobre su situación.
Su educación castrense lo obliga a investigar la zona. Se pone de pie y camina en línea recta. Avanza cincuenta pasos y choca contra una inmaculada pared blanca, invisible a la vista, pero sólida como roca. Luego camina de vuelta por la que supone es la misma línea recta y cuenta cien pasos antes de golpear con la cabeza en la pared opuesta. Pasea los dedos por la superficie en busca de alguna imperfección, una grieta, un “made in china”, cualquier cosa que indique dónde está. El material es desconocido para él, parece algún tipo de acrílico. Lo golpea con el pie para probar su resistencia. Nada, ni siquiera un ruido. Tampoco hay sombras. La luz mana desde el alma de la habitación. José Ramón levanta sus brazos y observa su cuerpo con curiosidad. Viste una túnica de lino y alpargatas, ambas blancas e inmaculadas.
Recorre la pared en busca de una esquina, para así determinar la dimensión del lugar. Camina sin descanso durante dos horas y luego se rinde. Piensa unos minutos, se saca una alpargata y comienza de nuevo. Después de seiscientos veintiocho pasos y fracción, vuelve a encontrar su zapato. Justo el perímetro que calculó José Ramón. “La habitación es redonda”, piensa.
Frente a él aparece un hombre vestido como él.
-         Seguidme.
-         ¿Quién eres?
-         Mi nombre es Virgilio y seré vuestro guía.
-         ¿Mi guía? Mi guía a dónde – pregunta José Ramón.
-         A donde debéis ir.
Virgilio se da vuelta y sale por una abertura que antes no existía. José Ramón lo sigue. Llegan al inicio de una larga escalera circular. Están en un de cono de roca, tan oscuro que no se ve el fondo. La penumbra lo cubre todo. Ambos toman una tea y descienden a la oscuridad. A medida que avanzan, los peldaños se evaporan detrás de ellos. Bajan durante veinte minutos, hasta que llegan a otra abertura. Virgilio entra y José Ramón hace lo mismo. Es otra habitación, idéntica a la anterior.
-         ¡Detente! Exijo que me digas a dónde vamos. ¡Es una orden! – grita José Ramón.
-         ¿Me ordenáis? Acá sólo uno da órdenes y ése no sois vos – dice Virgilio sarcástico.
-         Está bien. Lo siento – contesta José Ramón, mordiendo la rabia y la impotencia - Pero podrías decirme a dónde vamos.
-         No lo sé – contesta Virgilio con una calma exasperante.
-         Entonces cómo me guiarás – se mofa José Ramón.
-         Debemos hacer lo que debemos hacer. Y eso es avanzar.
-         ¿Avanzar? ¿hacia dónde? Cómo puedes avanzar sin saber a dónde te diriges. Podrías retroceder – el comentario de José Ramón hace reír a Virgilio.
-         Acá sólo podéis avanzar. Todos seguimos el mismo camino y nos detenemos cuando debemos.
-         ¿Y cómo sabremos cuándo detenernos? – pregunta incrédulo José Ramón.
-         Lo sabréis. No os preocupéis por ello.
 José Ramón no dice nada, pero siente que algo le oprime el pecho, una sensación de ahogo.
-         ¿Veis algo? – pregunta Virgilio.
-         ¿Si veo algo? Nada. Sólo blanco.
-         Puedo adivinar que éste no es vuestro círculo.
José Ramón va a contestar, pero entonces aparece una abertura en la pared. Virgilio entra y él lo sigue. Más escaleras, exactas a las anteriores, pero ahora giran en sentido contrario. Descienden en silencio durante largo rato. Al final hay un portal con extraños grabados rodeándolo. Al entrar, desaparece a sus espaldas.
Otra habitación, idéntica a las anteriores, sólo la sensación de angustia de José Ramón es diferente. “La gula tampoco es vuestro pecado”, comenta Virgilio. Una nueva abertura aparece ante ellos e inician otro largo descenso, hasta una habitación construida entre roca y el extraño material blanco. En el centro hay un largo y angosto puente que conduce a una salida. Bajo él, unas brumas informes chocan en bélicos bailes. Ahora parecen sombras, fantasmas de personas que luego toman peso, solidez, hasta que José Ramón puede verlos con claridad. Son humanos que luchan entre ellos. Unos lanzan piedras de oro y plata contra sus rivales. Los otros las recogen y las guardan. Cuando el derrochador se queda sin piedras, va a recuperar sus riquezas y el avaro defiende su pequeña fortuna en una lucha que termina con uno de ellos muerto, en un reguero de sangre y vísceras. Pero el cadáver no se queda ahí, sino que se levanta y vuelve a la carga, en una eterna batalla por tesoros que no pueden usar.

-         ¿Quiénes son?
-         ¿Veis a alguien? – pregunta Virgilio sorprendido.
-         Esa gente de allá abajo – apunta José Ramón - Están peleando.
-         Éste es el círculo de la avaricia. Aquí son torturadas las almas que no compartieron su dinero o lo derrocharon en forma absurda – Virgilio mira a José Ramón en busca de alguna reacción - ¿Aún no adivináis dónde estáis?
-         Cómo lo sabría. Nunca había estado aquí.
-         Sois más lento de lo que supuse. No importa. Pronto lo descubriréis.
Virgilio avanza por el puente, espera ver caer a su acompañante en cualquier momento, pero nada ocurre. Salen de ahí  y comienzan otro largo descenso.
-         Si podéis ver las almas de un círculo significa que cargáis con el mismo pecado.
-         ¿Qué pecado? – pregunta José Ramón.
-         Avaricia – contesta Virgilio.
-         No sé de qué hablas. Yo jamás desee dinero ni poder. Tampoco acumule grandes riquezas – miente José Ramón.
-         Acá no hay errores. Acá no hay olvido ni perdón. Acá las cosas son como son.
Llegan al final de la escalera donde una grieta oscura los recibe. Antes de entrar, José Ramón toma del hombro a Virgilio.
-         Hablas de pecados y almas en pena – dice José Ramón.
-         Así es.
-         Entonces estamos en el…
-         Por fin lo descubristeis – interrumpe Virgilio.
Virgilio entra y José Ramón tras él. Ahora sabe donde está y lo que enfrenta. Camina tras su guía mientras nuevos fantasmas se tornan corpóreos ante sus ojos. Virgilio voltea y observa con detención a José Ramón. Su piel está pálida como la cera, gotas de sudor empapan su rostro, su túnica blanca tiene dos aureolas oscuras bajo las axilas.
-         ¿Veis a alguien? – pregunta Virgilio al notar que José Ramón se detiene.
-         Tú no los ves – contesta apuntando en todas direcciones. Están sobre un puente de roca y bajo ellos, millares de hombres pelean en un pantano nauseabundo, del cual emana hedor a azufre y muerte.
-         Entonces también pecasteis de ira.
-         ¿Estamos en el círculo de la ira? – pregunta José Ramón a la vez que observa un hombre arrancarle a dentelladas la carne a otro. Virgilio sonríe
-         Debéis seguir – contesta Virgilio. José Ramón está petrificado – ¿o acaso preferís arrojaros al pantano de Estigia? – comenta irónico Virgilio.
-         ¡Estás loco! – responde José Ramón.
-         Entonces aún no llegamos.
Salen a través de la boca negra que se abre al final del puente y continúan su descenso. De pronto, Virgilio voltea y ve que José Ramón no está junto a él, sino varios peldaños más arriba.
-         ¿Por qué os detenéis? Aún no llegamos.
-         Me rehúso a seguir – dice José Ramón con terror en la voz.
-         No podéis rehusaros – ríe Virgilio – aquí todos vamos donde debemos.
-         No puedes obligarme.
-         Es cierto. No os puedo forzar, mas os recomiendo seguir – dice Virgilio con calma.
-         Pues no me moveré hasta… - y el peldaño donde está parado José Ramón desaparece.
La caída es angustiante, pero acaba pronto. Cuando se estrella contra el suelo, un brazo salta lejos, ambas piernas se fracturan al instante, su columna se amolda a la forma de la roca. El dolor le rebana los nervios y se esparce por su cuerpo como una ola eléctrica que hace explotar su cerebro en un mar de sangre. Por suerte la tortura dura poco. Luego de unos minutos de agonía, José Ramón fallece.
Despierta en medio de otra habitación circular. Virgilio está junto a él. Una cálida luz ilumina todo desde dentro. Las asépticas paredes blancas, el techo y el suelo, se extienden infinitos ante sus ojos. José Ramón transpira copiosamente, como si despertara de una pesadilla. Las aureolas oscuras en sus axilas ahora se extienden por su espalda y pecho.
-         ¿¡Qué pasó!? Pensé que iba a morir.
-         Ya estáis muerto – sonríe Virgilio – no podéis morir de nuevo. Sólo podéis ir donde debéis ir. Nada más ni nada menos.
-         Y dónde es eso – pregunta José Ramón con terror en los ojos.
-         Ya os lo dije. No lo sé – dice Virgilio y ante el desconcierto de José Ramón, agrega – Sólo os diré que mientras más demoréis vuestro viaje, más sufriréis. Os aconsejo hacer lo que os diga y pronto llegaremos a vuestro destino, sea cual fuere.
José Ramón seca las gotas de sudor de sus ojos y observa alrededor. No hay nadie más ahí. El calor es asfixiante y cada vez le cuesta más respirar. Se siente como un globo relleno con aire caliente.
-         ¿Veis a alguien? – pregunta Virgilio.
-         No. A nadie.
-         Eso es bueno. Significa que no cargáis con el pecado de la herejía. Aún tenéis esperanzas - Virgilio avanza hacia el rectángulo abierto frente a ellos. José Ramón camina pegado a él.
En la siguiente habitación las paredes son de una roca negra. Destellos rojos y naranjas se reflejan en la piedra. La luz y el calor le queman la piel. Las aureolas de la túnica desaparecieron, pues toda ella está mojada. José Ramón mira a su alrededor y ve un puente dividido por tres pilares. En el primer sector las almas nadan en un lago de sangre, donde unos demonios los flagelan con tridentes y espadas. Para evitar la tortura, bucean, pero tarde o temprano deben respirar.
-         Qué es este lugar – pregunta José ramón.
-         Es el círculo de los violentos. Acá llegan los asesinos, los suicidas y los blasfemos. ¿A quién visteis? – pregunta curioso Virgilio.
-         A la gente que nada en el lago de sangre.
-         Los asesinos – dice Virgilio a la vez que estudia con atención a su interlocutor. No sabe quién es, pero intuye que es especial. Imagina que tendrá un lugar privilegiado. José Ramón luce pálido, afiebrado, su túnica está mojada y exuda un vapor denso, casi palpable.
La siguiente habitación es imponente. Hasta entonces José Ramón no había visto ninguna tan grande. El puente que la atraviesa se sostiene en diez pilares y bajo ellos, ríos de lava fluyen ardientes. A medida que avanzan, Virgilio describe las almas de cada sector. Primero están los proxenetas, luego los aduladores, los adoradores del oro, los falsos profetas, los estafadores, los hipócritas, los ladrones, los malos consejeros, los cizañeros y los falsificadores. José Ramón los ve a todos.
-         Es el círculo de los fraudulentos – dice Virgilio.
José Ramón apenas puede caminar, el calor agarrota sus miembros. Está mareado, tiene la visión borrosa. Al final, cae de rodillas, vencido por el cansancio y la sed.
-         Debéis seguir. Si caéis aquí os tomará siglos salir. ¡Seguid! – suplica Virgilio.
-         No puedo. El calor es demasiado – balbucea José Ramón.
-         ¿Tanto que preferís quedaros acá? – pregunta Virgilio. José Ramón ve el sufrimiento de las almas que lo rodean e imagina lo que sería pasar siglos ahí. Con un último esfuerzo, gatea tras su guía.
-         Eso es. Debéis continuar. Es lo mejor para vos.
José Ramón se arrastra penosamente, como un lisiado que quiere alcanzar su silla de  ruedas. Tras sí deja una huella húmeda, como un caracol. El calor acalambra sus músculos, los quema por dentro. Su boca reseca bebe gustosa las saladas gotas de sudor. Tiene los labios cuarteados con llagas y los ojos amarillentos.
Por fin llegan a la escalera. Virgilio desciende con calma, el calor no lo afecta. José Ramón sabe que si no se apura, el peldaño desaparecerá y caerá de nuevo. No puede caminar, tampoco gatear. Está extenuado. Entonces se arroja escaleras abajo. Rueda como un saco de papas hasta que por fin llega al fondo. A pesar de los golpes, es mucho menos doloroso que una caída libre. “Éste debe ser el último círculo del infierno. Después está el purgatorio. Y si tengo suerte, quizá llegue al cielo. Nadie lo merece más que yo”, piensa José Ramón orgulloso.
Entran a una habitación de roca ardiente, igual que el puente que la atraviesa. A medida que avanza, siente que muere. El calor es insoportable. Las bocanadas de aire caliente se elevan en sinuosas ondas, deformando su visión. Un gigante monstruoso cuelga boca abajo en el centro del techo abovedado. Sus tres cabezas deformes sonríen al verlo. Abajo, millares de almas arden en el fuego eterno de la traición. Cuando llegan al medio de la habitación, José Ramón cae rendido. Lo que antes parecía colgar a cientos de metros de altura, ahora está frente a él. Unos ojos bestiales lo examinan con detención. Una boca escupe a Judas al averno infinito que los rodea.
-         Aquí estamos. Llegasteis a vuestro destino. El círculo de los traidores.
-         Debe haber un error – lloriquea José Ramón.
-         Aquí no hay errores. Ya os lo dije.
-         Pero yo debiera ir al cielo. O al purgatorio. Pero nunca acá.
-         Veis acaso que el camino siga – pregunta Virgilio apuntando a su alrededor. José Ramón se da cuenta que están en un pequeño círculo de dos metros de diámetro. Alrededor de ellos las llamas arden eternas – Estáis donde debéis estar. Ahora sólo resta que toméis vuestro lugar – Virgilio apunta la horrorosa boca abierta del demonio.
-         ¡No voy a entrar ahí! – chilla José Ramón.
-         Claro que lo haréis – sonríe comprensivo Virgilio. Luego desaparece.
José Ramón siente su cuerpo arder. En lugar de exudar vapor, comienza a salir humo. Su túnica se transforma en una gran llamarada. Se la saca y la lanza lejos. Entonces se da cuenta que tiene otra puesta, que también se enciende. Cae de rodillas cuando siente el aroma a carne quemada. El indescriptible dolor de la muerte lo abraza con su manto de fuego. Mil veces fenece y mil veces despierta, siempre ahí, frente al sonriente hocico. Los rostros deformes de Lucifer se mofan de él con carcajadas que hieren sus oídos. De los afilados colmillos amarillos emana un hedor putrefacto. Su túnica vuelve a arder y el sufrimiento rebana su cerebro. Observa por milésima vez como su carne se derrite hasta mostrar los huesos. El dolor de la muerte amenaza con alcanzarlo. Con su último aliento, José Ramón se lanza dentro del monstruoso hocico.

            Lo primero que ve José Ramón cuando abre los ojos, es un hombre sentado y rodeado por nada, una blanca nada. A medida que reacciona, el hombre sonríe con una dentadura perfecta. Viste de traje negro y camisa blanca, muy elegante. Colleras de oro, corbata de seda y un pañuelo al tono en el bolsillo de la chaqueta. Tiene la piel blanca, como todo lo que los rodea y una barba de chivo que lo hace lucir endiabladamente cautivador. Su rostro es delgado, de ángulos agudos y orejas puntiagudas. Entre el pelo negro le asoman dos pequeños cuernos.
-         Hasta que despertaste. Espero que te haya gustado el tour.
-         ¿Quién eres tú? – pregunta un desconcertado José Ramón - ¿Dónde estoy?
-         Lo primero es lo primero. Tengo muchos nombres, pero el que más me gusta es Mefistófeles. O Mefisto. Como prefieras. Soy el jefe de acá. El Big Boss, si prefieres – José Ramón abre los ojos como si se le fueran a salir de sus cuencas – veo que aún no entiendes. ¿Recuerdas a Virgilio? – dice Mefisto apuntando a su lado, lugar donde aparece Virgilio.
-         Sí. Algo – dice José Ramón confundido. Trata de poner en orden sus ideas. Una vaga añoranza le da pistas de dónde está.
-         No te preocupes. Seguramente tardaras unas cuantas horas en reubicarte. Después de todo, te masticaron, tragaron y cagaron unas… ¿cuántas veces? – pregunta Mefisto a Virgilio.
-         Seiscientas sesenta y seis veces – contesta Virgilio.
-         Buen número – sonríe Mefisto. Virgilio desaparece.
José Ramón observa alelado la total ausencia de “algo” a su alrededor. Incluso los límites son irreales, pero esa nada gatilla su memoria. Virgilio y los círculos del infierno. Dante y su divina comedia. El diablo colgado patas arriba y sus tres horrorosas cabezas.
-         ¡¿Dónde está Satanás?! – pregunta José Ramón de pronto.
-         Cómo dónde. Acá. Soy yo.
-         No, tú no. El gigante de tres cabezas.
-         Ah. Entiendo. Deja que te explique – dice un sonriente Mefisto – ese que tú llamas Satanás, son mis tres primos siameses. A veces dejo que la gente crea que soy él, pero bueno, ya me ves.
-         No entiendo – acota un sorprendido José Ramón.
-         Mira, el infierno no es como ustedes creen. Es cierto, acá llegan las almas de los pecadores. ¿Pero quién no lo es? ¿cierto? – Mefisto observa la reacción de su interlocutor y luego continúa – Bueno, ésta es una gran empresa. Nos pagan para torturar las almas que llegan acá – y al abrir los brazos, alrededor de ellos aparece el octavo círculo de infierno – o a otro círculo. No sé. A cada cual lo suyo. ¿Me sigues?
-         Sí. Creo.
-         Mira, el infierno no es igual para todos. Es a la medida, por así decirlo. Para algunos es un desierto sin una gota de agua para beber. Para otros es un río de fuego. Y para otros, los círculos de Dante. Cada uno dibuja su propio infierno según sus necesidades. Puro marketing – José Ramón observa a Mefisto sin dar crédito a sus palabras – Yo sé que es extraño, pero así es. Por ejemplo, tu tortura favorita era quemar a la gente, por eso el calor consumió tu alma durante tu viaje hasta acá.
-         Y el monstruo de tu primo, comiéndome una y otra vez – dice José Ramón con visible enojo.
-         Bueno, eso es un bonus. Algo extra de mi parte. Tú sabes. Un jefe debe divertirse – sonríe Mefisto y toca el hombro de José Ramón.
En ese instante, su túnica se transforma en una gran llamarada que lo consume todo. La carne se quema, el dolor insoportable, la sangre escapando del cuerpo y por fin, la muerte. Cuando José Ramón despierta, ve a  Mefisto con una sonrisa traviesa en la cara. Junto a él, tres cíclopes gigantes lo custodian. Son su guardia personal.
-         Viste. Una broma. ¿entiendes? – dice con sarcasmo Mefisto – Parece que no. Lo veo en tu cara. Mira, te lo pondré así. A la mayoría de las almas, las tratamos según el manual, pero a unas pocas les damos un tratamiento especial. Cada uno de los jefes de zona tiene sus propios métodos, y sus esbirros, lo suyos, y así hasta el último de la cadena. Y como yo soy la punta de la cadena. El presidente electo, si prefieres – sonríe Mefisto – yo le hago bromas a todos. ¿No es así? – pregunta Mefisto a los cíclopes tras él. Ellos se miran y asienten con una sonrisa nerviosa - ¿viste? Acá lo más importante es hacer lo que digo, sino… - vuelve a tocar el hombro de José Ramón y una gran llamarada lo consume.
Cuando despierta, José Ramón observa como Mefisto habla con los cíclopes y se ríen mientras hacen imitaciones de él retorciéndose de dolor entre las llamas. Cuando lo ve levantarse, se acerca.
-         Otra bromita. Tú sabes. Es que no puedo resistir – dice Mefisto a la vez que estira el brazo para tocar a José Ramón en el hombro. Él salta al lado para que no lo alcance – qué haces. No huyas. Si mira, una vez es divertido, dos, está bien. Pero tres… – dice y le toca el hombro.
Entonces la túnica vuelve a arder y el doloroso proceso de la muerte entre las llamas se repite otra vez. Hasta que despierta. Se observa las manos, los brazos, el cuerpo. Sueña que todo es una pesadilla. Se pone de pie y se acerca a Mefisto que lo espera con una sonrisa irónica.
-         Bueno, ahora sí es la última – dice en tono conciliador – por ahora. Ya pensaré en algo nuevo – sonríe – Mira. Acompáñame.
Mefisto camina con sus tres bestiales guardaespaldas atrás. José Ramón avanza a su lado, con un odio parido contra Mefisto. Están en un pasillo blanco lleno de puertas idénticas, una al lado de la otra, una frente a la otra. Se detienen frente a una que tiene el símbolo nazi pintado con brocha.
            Al entrar, lo primero que ve es un hombre encadenado a un potro. Tiene las piernas estiradas y la espalda paralela al suelo, pues sus ataduras le impiden enderezarse. Apenas entra Mefisto, el demonio que está ahí le arranca de un zarpazo el pantalón al hombre. José Ramón lo ve, pero no cree a sus ojos. Es Adolf Hitler, su ídolo de infancia.
            José Ramón relee en su mente “Mi lucha”, la obra máxima de su adoración. Su idolatría era tal que se disfrazaba de él cuando era adolescente. En ocasiones se masturbaba frente a un poster con su imagen. Imaginaba las cosas que podrían conseguir si trabajaban juntos. Gobiernos puros, libres de la corrupción y perversión de los intelectuales y los políticos. Juntos podrían crear un mundo mejor. Pero su sueño se truncó pronto, con el fin de la sgeunda guerra mundial y el suicidio de su ídolo. Y ahora muerde la rabia al observar a Mefisto torturar al que él considera uno de los hombres más heroicos de la historia de la humanidad.
Mefisto se pone unos guantes de plástico, toma un gran zapallo italiano y comienza a metérselo. Hitler grita y aúlla mientras le sangra el culo. Después de siete penetraciones con la verdura, Mefisto se saca los guantes y le pasa el zapallo al demonio.
-         ¿Cuántas veces, mi señor? – pregunta con una reverencia.
-         Unas horitas. ¡No! Ya sé. Como hoy estoy creativo, hazlo hasta que deje de sangrar – dice Mefisto mientras le sonríe a José Ramón. Luego salen de la habitación y caminan por el pasillo.
-         Pero no entiendo nada – dice un choqueado José Ramón. Mefisto lo mira, abre sus brazos y aparecen en la cima de una montaña. A sus pies, paisajes de averno se multiplican por todos lados.
-         Éste es mi dominio. El infierno, si prefieres. Y como te dije antes, tenemos una misión. Pero no es una misión fácil. Imagina que cada uno crea su propio infierno. Eso te debe dar una idea de la cantidad de formas que debemos cubrir. Desiertos, lava, fuego, hielo, el espacio. Todo está acá y sin embargo, no hay nada. Blanco, tal como pudiste ver – Mefisto voltea a ver a José Ramón – ése es el verdadero aspecto de mis dominios. Un lienzo blanco listo para ser pintado.
-         ¿Cómo es posible? – pregunta un desconcertado José ramón.
-         Bueno, es difícil de explicar. ¿Has oído hablar de la física cuántica?
-         Sí. Claro. Un átomo puede estar aquí y allá al mismo tiempo.
-         ¡Exacto! y si están aquí y allá al mismo tiempo, significa que pasado y futuro son lo mismo. Es decir, nada. Y por esa misma razón, todo lo que ves, es diferente y lo mismo a la vez, sin importar el tiempo transcurrido o la forma del lugar.
-         Un gran lienzo blanco que cada uno pinta como quiere.
-         Muy bien, ya estás entendiendo – dice Mefisto satisfecho
-         ¿Entonces cómo…
-         Mira – interrumpe Mefisto – explicar cómo funciona todo sería demasiado complejo y francamente… no entenderías. Ni yo lo entiendo del todo. Pero así es y no va a cambiar.
-         ¿Entonces para qué hablamos? ¿por qué estoy acá?
-         Ah. Esa es la pregunta correcta. Felicitaciones – dice Mefisto.
De la nada, aparece un bastón en la mano de Mefisto. Es de color negro, recto y con una imagen tallada en oro en punta. La imagen es una cabeza de gárgola y dentro del hocico un diamante rojo. Mefisto lo abre y desenfunda un filoso sable de su interior. Levanta el brazo y con un golpe seco, le corta el brazo desde el hombro a José Ramón. La sangre salta a borbotones, mientras José Ramón grita de dolor y espanto.
-         Por qué. Por qué me haces esto – llora José Ramón.
-         Es un mal hábito. Soy un bromista por naturaleza – ríe Mefisto – pero no te preocupes – Mefisto apunta a uno de los cíclopes - Dog, arregla a nuestro amigo.
El cíclope se acerca a José Ramón y recoge el brazo del suelo. Lo observa por unos segundos y toma a José Ramón del otro brazo y con un fuerte tirón, lo arranca desde la clavícula. José Ramón aúlla del dolor a la vez que cae de rodillas. Mefisto se revuelca de risa en el suelo.
-         ¡¿Qué haces Dog?! Te dije arréglalo, no emparéjalo – carcajea Mefisto – No te preocupes, en unos segundos te dejo como nuevo – dice Mefisto a José Ramón. Entonces saca su espada bastón y con un golpe seco lo decapita.
José Ramón despierta y se pone de pie de inmediato. Empieza a acostumbrarse a la situación. Se acerca a Mefisto, que está sentado al borde del abismo, mirando sus dominios desde la altura. José Ramón se sienta a su lado.
-         Aún no me dices por qué me trajiste – pregunta José ramón.
-         Porque necesito ayuda. Como ya te dije, esta es una empresa grande y siempre estamos cortos de personal. Y con tu currículum. Debo confesar que me siento orgulloso de contar con alguien de tus capacidades – José Ramón intenta negar la afirmación pero Mefisto lo interrumpe - No me digas que este trabajo no está hecho para ti – sonríe Mefisto comprensivo.
-         O sea… - contesta José Ramón – la verdad. No sé qué decir.
-         No tienes nada que decir. Mira – dice y aparece un pergamino escrito que flota en el aire – Ladrón. Asesino. Torturador. Genocida. Que quieres que te diga. Uno currículum impresionante.
-         Pero… ¿qué debo hacer?
-         Nada difícil. Debes hacer lo que ordeno y cubrirme cuando no esté. Tan simple como eso – comenta Mefisto – mira, no te voy a metir. No tengo vacaciones desde que Dante escribió la divina comedia. Y eso fue hace mucho.
-         Y qué tiene que ver Dante.
-         Mucho. Cuando escribió su libro, él no imagino el favor que me hacía. Después de su libro, todas las almas que llegaban imaginaban el mismo infierno. Y no sabes el tiempo y energía que ahorras cuando todos esperan lo mismo. Pero eso se acabó y cada vez las fantasías infernales están más y más complejas. Así que también la pega. Cada vez más trabajo. Y claro, pensarás tú, si acá no corre e tiempo, no importa cuanto te demores en hacer algo, pero no. Es cierto que a veces puedes postergar algo un siglo o dos, pero igual hay que hacerlo.
-         ¿Y en qué te puedo ayudar?
-         Simple. Necesito que me reemplaces. Sólo por un mes. Nada más que eso. Es que necesito vacaciones. Estoy estresado, ¿sabes? Yo sé que la pega es entretenida y que uno la haría gratis, pero igual la gente necesita descansar. Además, esto no es un ofrecimiento. Lo haces o… bueno – dice Mefisto y empuja a José Ramón al abismo que se extiende a sus pies.
La caída es larga y el golpe, certero. La muerte, casi instantánea. Cuando se reincorpora, el miedo y la ira comen el corazón de José Ramón.
-         ¿Entiendes la idea? – dice Mefisto a sus espaldas. José Ramón salta del susto y voltea de inmediato - Pero no todo es terrible. Te voy a dejar a mis más útiles sirvientes para ayudarte mientras esté ausente – completa Mefisto mientras apunta a sus sirvientes.
Los tres cíclopes y Virgilio se arrodillan frente a José Ramón. Él los observa sin entender. Todo esto le parece una ficción sacada de la mente drogada de un escritor mediocre.
-         Ellos te obedecerán hasta que llegue – y sin más palabras, Mefisto desaparece.
Cuando quedan solos, José Ramón comienza a hablar con sus ayudantes. Les pregunta sobre el sueldo, las regalías del trabajo, si tienen prestaciones especiales, bonos de fin de año, etcétera. Como ellos no entienden de qué habla, José Ramón les explica el concepto de sindicato, les habla de política, gobierno, democracia, los tres poderes del estado y todo lo relacionado a una sociedad contemporánea.

            El tiempo pasa rápido y la fecha de regreso del gran jefe llega. Cuando Mefisto aparece en la puerta del infierno, los tres cíclopes le caen por sorpresa y lo encadenan a un potro de tortura. Sorprendido frente a la repentina rebelión, arrodillado, levanta la cabeza y frente él, Adolf Hitler mece una enorme piña en su mano. José Ramón está a su lado y luce orgulloso su uniforme. Mefisto busca a su alrededor algo que no logra divisar.
-         ¿Buscas esto? – dice José Ramón haciendo aparecer el bastón de Mefisto en su mano – no te preocupes. Tu reino está en buenas manos. En mis manos – sonríe José ramón mientras manosea libidinoso el bastón negro.
-         ¿Qué es esto? – pregunta incrédulo Mefisto.
-         Un golpe, mi amigo. Un golpe de estado – sonríe José Ramón, mientras saborea cada letra de la palabra “estado”.