jueves, 3 de junio de 2010

Fast Food

Todo está brumoso, opaco, velado por millones de microscópicas gotas que flotan ingrávidas en el aire. Julio se despide de su pareja con una mirada disimulada. Ella sonríe y se adelanta unos metros. Él camina con paso cansino mientras la gente a su alrededor corre, trota, avanza a grandes zancadas, apurados, como si el tiempo les mordiera los talones. La tierra se levanta bajo sus pies presurosos y hace que la niebla adquiera una textura barrosa.
Mientras más se acerca a la reja electrificada, más lentos y pequeños son los pasos de Julio. Cada área de la ciudad está cercada y vigilada por perros y agentes en busca de Marwos. Para traspasar los límites, Julio debe presentar sus permisos sanitarios al día y confirmar su identidad con el escáner ocular. Este trámite, en general rápido y menos desagradable que la seguridad en su trabajo, para Julio es un ritual demasiadas veces repetido, pues debe cruzar tres sectores de la ciudad antes de llegar al local. Eso significa dos aduanas y dos filas para “revisión y confirmación” y, sin importar el tiempo perdido, debe llegar antes de las nueve de la mañana. Cuando empezó a trabajar, se atrasó un par de veces, pero las cicatrices en su espalda lo convencieron que era mejor dormir menos que llegar tarde. Por eso ahora aparece puntual a las ocho treinta y para hacerlo, se levanta apenas apoya la espalda en la cama.
A Julio le toca la caseta trece. Saca sus papeles del bolsillo y se dirige a la ventanilla. El hombre lo observa de pies a cabeza mientras revisa sus documentos. Él apoya su ojo en el escáner ocular y una sonrisa aparece en el rostro del funcionario, que se acerca a su compañero y le susurra algo. Ambos ríen mientras lo miran. Entonces se encienden las luces rojas de las sirenas y suena la alarma anti Marwos. Todas las rejas y accesos se cierran automáticamente, los perros ladran y aúllan. Julio voltea hacia todos lados. Los agentes corren con sus botas lustradas hacia una caseta que él no logra ver. El caos se adueña de la aduana del sector cinco. Agentes armados pasan junto a él. Los gritos de horror se suman al aullido de las sirenas. Por los altavoces se informa que han descubierto un Marwo, todos deben permanecer donde están y colaborar con los agentes.
Julio mete las manos en sus bolsillos y se entierra las uñas a través de la tela. El dolor lo ayuda a mantener el control. De pronto tres disparos, más perros ladran, un grito de mujer. Luego silencio. La alarma deja de sonar, pero las balizas permanecen encendidas. Un agente junto a él llama por su transmisor. No logra oír qué pregunta, pero escucha que le responden “no estaba sola. Su pareja tiene que estar por aquí. ¡Hay que encontrarlo!”. El rostro de Julio se contrae. Durante unos segundos interminables, la mirada del agente su cruza con la de él. Las puertas automáticas se abren y la luz se normaliza. El oficial se va de ahí.
En la ventanilla, el funcionario le entrega su permiso de sanidad. Afuera de la aduana, Julio da un largo suspiro. El sector cinco está pavimentado, así que no se levanta polvo al caminar. Es el sector más moderno e iluminado de la ciudad, la zona donde viven los ricos. Ahí se levantan enormes rascacielos que desaparecen entre las nubes y están rodeados por pantallas virtuales que promocionan productos que Julio nunca podría comprar.
En los diez minutos de trayecto, Julio no ve ningún árbol o planta, sin embargo, el ambiente es mucho menos desértico que afuera. Antes de doblar la esquina, se acuclilla, apoya la espalda en la pared y llora con un sonido amargo, entrecortado por ahogados suspiros. Luego se levanta y sigue su camino. Llega justo a las ocho treinta. Saluda al guardia y entra al camarín. En la puerta hay un cartel que dice: “Las normas de higiene previenen la aparición de Marwos. Gracias por su comprensión”. Julio sonríe.
Después de la ducha desinfectante y la revisión de cavidades que el doctor realiza meticulosamente cada mañana, Julio se pone su uniforme y va hacia su caja. Saluda a su jefe con un movimiento de cejas. Apenas abre, una joven obesa se acerca a su ventanilla antibalas:
- Una hamburguesa con queso, papas fritas y bebida mediana. ¡Gracias!

jueves, 27 de mayo de 2010

Compañero


Cuando llegué a China para cubrir el encuentro de Mijaíl Gorbachov y Deng Xiaoping, jamás imaginé que encontraría aquello que tanto buscaba. Como todos los que ahí estábamos, esperaba con ansias la posibilidad de realizar notas en la plaza Tian’anmen, donde las protestas se intensificaban y los medios occidentales estaban ávidos de noticias frescas. Era la primera ocasión que podía cubrir, sin tantas restricciones, una protesta política en China. Además, era una gran oportunidad para reimpulsar mi carrera.
Así conocí a Wang Weilin.
“Prometen reformas, pero no dicen cuándo. Nos acusan de capitalistas. ¡Traidores! Títeres del liberalismo burgués. Pues yo me río de sus rostros arrugados y retrógrados. No queremos destruir el sistema ni traicionar a nuestra amada China. ¡Sólo queremos libertad!”. Cuando Wang terminó su discurso, supe de inmediato que estaba frente a un líder nato, un joven atractivo, de gran carisma y magnetismo. Estudiaba sociología en la universidad de Pekin y fue Secretario de la Federación Oficial de Estudiantes, pero sus diferencias con las políticas del Partido lo empujaron hacia la oposición.
Recuerdo verlo bajar del improvisado escenario en medio de flashes, cámaras de televisión, gritos y aplausos de admiración. Era un chico delgado, de ademanes suaves y una mirada oblicua que te atravesaba el alma.
Cuando me acerqué, supe de inmediato que estaba frente a alguien especial, un idealista, un constructor de sueños, un compañero de vida. Me presenté como corresponsal del Washington Post y Wang me invitó a tomar el té. Supongo que vio en mí la posibilidad de acrecentar su liderazgo y obtener apoyo en occidente para sus demandas. Yo, en cambio, vi mucho más allá de sus ilusiones políticas o su hermoso cabello negro.
Algo conocía del origen de la protesta, pero la explicación de Wang fue esclarecedora. Sus demandas eran simples y se arrastraban de 1987, cuando China inició su camino hacia una economía de libre mercado. Las primeras reformas realizadas por el gobierno central beneficiaron a los campesinos rurales, pero la población urbana siguió estancada con los antiguos paradigmas económicos. Los docentes protestaron y pronto los estudiantes se unieron a sus demandas. Libertad de mercado y libertad de expresión eran las consignas, sus banderas de batallas. En un inicio, el Secretario General del Partido, Hu Yaobang, apoyó sus peticiones, pero el Buró Político del Partido decidió su exilio al Tíbet y eliminó de raíz las reivindicaciones exigidas por los estudiantes. Y así se mantuvieron hasta ahora, cuando la muerte del viejo Hu Yaobang resucitó sus demandas y permitió la reunión de miles de jóvenes en la plaza Tian’anmen para celebrar sus funerales.
Han pasado diecinueve días desde el inicio de las exequias y la plaza aún se mantiene llena de universitarios. Siento en mi corazón que debo permanecer acá y acompañar a Wang, pero si lo hago, viviré en la clandestinidad, pues la prensa será expulsada hoy, cuando Gorbachov termine su visita de estado. Debo decidir qué hacer antes de eso.

Wang aseguró que su madre no tiene ningún problema para que aloje en su casa y aunque al principio acepté con timidez, mientras los días pasan, cada vez me siento más cómodo. La señora Weilin habla un perfecto inglés, así que nos comunicamos con fluidez y demostró ser un gran aporte para mi reportaje. Ella me explicó, por ejemplo, desde cuando existe el Buró Político del Comité Central del Partido, quiénes son, cómo funcionan y a qué se debe su gran poder. Me aclara que de los trescientos miembros, nueve son permanentes y ellos son, además de ancianos octogenarios, los hombres más poderosos de China. El poder de estos inocentes abuelos radica en el manejo de oscuros secretos políticos y el férreo control sobre la Comisión Militar Central, es decir, el cerebro que controla todas las cabezas de la hidra gigante que es el Ejército de la República Popular China.
Una semana después, cuando la huelga amenaza con caer en el caos, Wang logra un nuevo e inesperado apoyo: los trabajadores urbanos. Esto es un logro inmenso para Wang y una clara demostración de sus capacidades políticas y de liderazgo. Mientras los universitarios solicitan libertad de mercado y de expresión, los sindicatos piden medidas para frenar la inflación y mejoras salariales. Frente a este escenario, Wang logró descubrir el único punto donde ambos coincidían y supo explotarlo como catalizador para que más de cien mil personas marcharan en orden a través de la plaza Tian’anmen. Aún se me pone la piel de gallina al recordar el dolido discurso donde Wang, con la voz quebrada por la pasión, pide a los trabajadores unirse a los estudiantes y juntos luchar contra la corrupción de los funcionarios del Partido.
Luego de esta gran demostración de unidad, el gobierno accede a reunirse con los huelguistas, pero las conversaciones fueron inútiles. Aunque la disconformidad es general, la protesta está constituida por decenas de facciones y cada una exige diferentes cosas. Así, ni el gobierno ni los huelguistas encuentran una agenda común para trabajar. Aunque Wang adivina el fracaso de las negociaciones, se niega a aceptar su derrota. Por eso insiste en mantener la ocupación de la plaza.
Entonces ocurre lo que Wang y yo temíamos: los noticieros informan que ante la incapacidad del gobierno de poner fin a las protestas, el Buró Político del Comité Central del Partido se ha reunido. Pronto se conocerá su decisión y como siempre, será inapelable.
No es necesario que ningún diario, radio o canal de televisión diga nada, porque las tropas militares están en las calles antes que la noticia se difunda. Miles de soldados con megáfonos se reparten por Pekín e informan a gritos que se declaró la ley marcial. Una vez más, los sueños de libertad mueren con el redoblar de los tambores.
Wang se rehúsa a aceptar lo inevitable, sin importar cuánto supliqué para que dejara todo y huyera conmigo. Incluso ahora, que todo está perdido, conserva el ímpetu y la mirada fija en sus objetivos.
Al verlo ahí, vestido con su pantalón negro y su camisita blanca, parado con los brazos abiertos frente a una columna de tanques, mi corazón se recogió en un sonoro lamento. Recordé sus apasionados discursos, sus sueños de libertad, su lucha por los derechos de los homosexuales, su amplia y acogedora sonrisa, su cuerpo imberbe siempre dispuesto a pelear por sus ideales. Entonces los vehículos blindados avanzan unos centímetros y amenazan con pasarle por encima. Pero él no cede. De la nada aparecen tres soldados y lo sacan a patadas de la calle.

No volví a ver a Wang y su desaparición es el reflejo de la desierta plaza Tian’anmen. Tan muerto él como la plaza y el recuerdo de la protesta. Según fuentes oficiales, durante la entrada de las fuerzas armadas murieron entre doscientas y quinientas personas, según la cruz roja, los muertos llegaban a los dos mil seiscientos. A mí no me importa cuántos fueron, si cientos, miles o millones, pues hoy sólo lloro una muerte. La de mi amado compañero, Wang Weilin.

jueves, 6 de mayo de 2010

El Juicio de Santiago



     Todo lo que Santiago sabía sobre la fiesta de aquella noche era que atendería a unos importantes señores en una fiesta privada. La paga era excelente y el único requisito era la discreción, no debía comentar a nadie lo que viera o escuchara. Aunque el ofrecimiento era sospechoso, Santiago pensó que sería una buena oportunidad para ganar unos pesos extras mientras encuentra otro trabajo. En su último laburo de garzón se vio envuelto en una disputa entre los tres dueños del restorán. Cada uno esperaba que él estuviera de su lado y apoyara su demanda. Los argumentos parecían lógicos y justos, así que Santiago dudó durante mucho tiempo, hasta que se decidió y apoyó a uno de ellos. Al final de la querella, él fue despedido y los socios volvieron a ser tan amigos como antes.
     Cuando cae la noche, los invitados comienzan a llegar y Santiago atiende con esmero a los asistentes. Le asignaron la mesa principal, lo que supone un gran honor. Cuando la fiesta está en su apogeo, todos cantan, bailan y beben como si no hubiera un mañana. Un gordo desnudo está cubierto por cocaína y unas niñas de catorce años lo siguen a todos lados y lamen su cuerpo seboso. Un grupo hace una fila donde la persona de atrás fornica al de adelante y así hasta llegar al primero, que se masturba mientras otro hombre lo penetra con ansias. En una mesa hay una mujer desnuda cubierta con salsa de champiñones y los comensales usan tenedor y cuchillo para servirse. En poco rato la mesa se cubre de sangre y todos parecen disfrutarlo, incluso la mujer desnuda cuya carne devoran como pirañas hambrientas.
     Es que en las increíbles bacanales organizadas por la sociedad de Júpiter nada parece demasiado y todo no es límite suficiente.
     En medio del desenfreno, tres mujeres pelean por una manzana que tiene escrita las palabras: “Para la más bella”. Todas quieren la fruta, así que Júpiter, el presidente de la sociedad secreta, interviene. Como nadie se atreve a afirmar quién es la más hermosa, pues todas tienen atributos de sobra, deciden que Santiago será el juez de tan bizarro concurso de belleza. Lo encierran en una pieza y una a una las candidatas pasan con él una hora en la habitación. La primera hace que Santiago tenga un orgasmo tan prolongado que cae al suelo en éxtasis. Antes de irse, la mujer promete que si la elige, ella lo hará más poderoso de lo que jamás soñó. La segunda viola a Santiago y le enseña placeres desconocidos, goces secretos que hasta el más liberal consideraría aberraciones. Antes de salir le ofrece todo el dinero que desee. La tercera mujer se acurruca junto al agotado cuerpo de Santiago y lo acaricia hasta que se duerme. Una hora después lo despierta y promete que, si es electa, él encontrará el amor verdadero.
     Santiago se viste con calma mientras en el comedor principal los invitados esperan su veredicto. Cuando llega al salón, Júpiter pone en su mano la manzana de la discordia y las tres mujeres, aún desnudas y más bellas ahora que antes, le preguntan cuál es su decisión. Santiago, confundido y acorralado, actúa como todo un caballero: se come la manzana con tres rápidas mordidas.