Eduardo Morales, el profesor, escribe su nombre en una pizarra blanca. Explica que el taller de literatura se compone de ciento catorce mil sesiones y cada una se divide en dieciséis partes. La primera, donde hablarán del terror. Y la segunda, donde los alumnos leerán sus cuentos. Ese día dialogaron sobre los orígenes de la novela gótica.
De vuelta en casa, Karl revisa mentalmente lo que hablaron en el taller. Mira con detención los cientos de textos que descansan en el gigantesco librero que heredó de su abuelo. Los lomos están relucientes, como si estuvieran a la venta, pero sobre sus hojas descansa una gruesa capa de polvo. Recorre con la mirada la tercera fila de estantes y se detiene frente a un viejo ejemplar empastado en cuero. Estira la mano y saca un DVD con “El castillo de Otranto” de Horace Walpole (editorial pirata, primera edición, 1764). Este libro es recomendación del profesor y según dijo, con él inicia la literatura de terror. Se sienta en el sillón y comienza a leer.
