jueves, 11 de julio de 2013

Síndrome O. L. M. (Obesidad Literaria Mórbida)


Eduardo Morales, el profesor, escribe su nombre en una pizarra blanca. Explica que el taller de literatura se compone de ciento catorce mil sesiones y cada una se divide en dieciséis partes. La primera, donde hablarán del terror. Y la segunda, donde los alumnos leerán sus cuentos. Ese día dialogaron sobre los orígenes de la novela gótica.
De vuelta en casa, Karl revisa mentalmente lo que hablaron en el taller. Mira con detención los cientos de textos que descansan en el gigantesco librero que heredó de su abuelo. Los lomos están relucientes, como si estuvieran a la venta, pero sobre sus hojas descansa una gruesa capa de polvo. Recorre con la mirada la tercera fila de estantes y se detiene frente a un viejo ejemplar empastado en cuero. Estira la mano y saca un DVD con “El castillo de Otranto” de Horace Walpole (editorial pirata, primera edición, 1764). Este libro es recomendación del profesor y según dijo, con él inicia la literatura de terror. Se sienta en el sillón y comienza a leer.

El sol se asoma en la cordillera y su luz crea curiosos arcoíris en el hilo de baba que cuelga de su boca. Despierta sobresaltado, todavía en el sillón. Un café parece una gran idea. Mientras calienta agua, Karl recuerda que su profesora de castellano repetía una y otra vez “la literatura no es lo tuyo. Olvídate de escribir”. Y aunque nunca dudó la certeza de esta afirmación, en su mente las letras le jugaban tretas. Al inicio construían palabras ininteligibles, luego armaban oraciones que terminan siendo párrafos, hasta transformarse en historias amorfas donde su educadora reconocía su talento segundos antes de matarla. Sin embargo, Karl sabe que ella tenía razón: la gramática nunca fue su amiga. Aún así, él trasformará sus sueños literarios en una realidad. Será el escritor más grande de todos los tiempos y hará lo que sea para conseguirlo.
La semana siguiente, en el taller se discute con pasión sobre la calidad de Stephen King como exponente del género. Karl no participa en estos debates, no le interesan. Él tiene su verdad y no le importa si los demás están de acuerdo. Para él, Stephen King es el rey, el Elvis de la novela de terror. Además, oculto en su mutismo puede espiar a sus compañeros. Una muchacha llama su atención. Es gótica, viste de riguroso negro, tiene la piel blanca blanca y el pelo negro negro. La perfecta heroína de un cuento de terror.
Aún no sale de sus cavilaciones cuando Eduardo inicia las lecturas. Karl abre su bolso y saca dos hojas arrugadas. Junto a él, un hombre toma un paquete de trece páginas, lo separa en veinte grupos, elige uno y se levanta a leer. Cuando Karl mira lo que escribió durante nueve días, sus ojos se ponen rojos de impotencia. Dos sucias páginas en una semana. No escucha nada, sólo observa los dos papeles roñosos que tiene en sus manos. Cuando levanta la vista, la muchacha gótica lee su cuento.
Mientras siguen las lecturas, Karl piensa que ciento catorce mil sesiones es poco tiempo para escribir un buen libro. Decide que renunciará a su trabajo y dedicará todo el tiempo a su naciente carrera de prosista. Él es ayudante de cocina en unas parrilladas de calle Cummings. Sus compañeros piensan que es vegano, pero en realidad le fascina la carne. Le gusta casi cruda, roja y sanguinolenta, porque así conserva mejor sus propiedades nutritivas. A pesar de su fama de vegetariano, se ganó el respeto de su jefe, porque con una mirada sabe si la carne está cruda, en su punto o recocida. Además, es famoso por su caldo de huesos. Sin embargo, su decisión es indeclinable: mañana renunciará.
Karl mide un metro sesenta, tiene el rostro atropellado, la piel cetrina y profundas cicatrices, merced de la peste cristal. A pesar de su nulo atractivo físico, sus prejuicios suelen ser apolíneos. En este caso, supone que la chica gótica es la oveja negra de su familia y busca reconocimiento y afecto de cualquier persona. Por eso, después del taller se acerca a la muchacha y con fingida inocencia la felicita por su relato. Se llama Morgana y agradece sus palabras. Después de varios halagos al cuento que casi no escuchó, la invita a un restaurante y ella acepta. Él sabe que las mujeres se vuelven locas con los escritores, no en vano la imagen del novelista está asociada a sexo, drogas y gramática. También sabe que Morgana no se enamorará de él por su encanto, pero confía en sus artimañas para el amor.
Van a un pequeño restorán de comida italiana que queda cerca de ahí. Hablan de muchas cosas, en especial de su primera novela, donde ella será la heroína. Ríen y beben cómplices. Karl siente que ésta es la mejor noche de su vida y es porque hablan de sus dos temas favoritos: él y literatura. Conversan y toman hasta que el lugar está casi desierto. Después de dos botellas de vino y una de champaña, ambos están alegres y chispeantes. Él la invita a su casa, pero Morgana se escurre entre los dedos de su ansioso galán.
Cuando llega a su casa, Karl se siente creativo, como si la conversación con Morgana lo inspirara de alguna mágica manera. Enciende el computador y escribe como poseso. Cuando llega la madrugada, las teclas siguen un ritmo melódico bajo sus dedos. Tic, tic tac, tic: tuc, tic, tic tac, tuc: tic, tac, tic tac: tic, tuc: tic, tic tac; tuc; tic, tic… ¡toc! Punto final. Mira el rincón inferior izquierdo de la pantalla y lee trece páginas. Está atónito, bastó una sola conversación con aquella muchacha para que toda la literatura que lleva dentro fluya natural sobre las hojas. Ahora comprende lo que necesita: una musa que inspire sus relatos. Su visión se nubla, el cuerpo languidece y el mundo desaparece en sueños de premios por sus cuentos y novelas.
Abre los ojos a media tarde y va a la cocina por un café. No tiene hambre, aunque su estómago protesta, bloquea caminos y enciende barricadas (más tarde enfermaría por estitiquez y una acidez monstruosa). Todo lo que desea es su taza y revisar lo que escribió la noche anterior. Toma las páginas impresas y comienza su lectura. Las tres primeras páginas están impecables, pero la cuarta sólo dice cosas inconexas, frases sin hilar, cortadas a la mitad, como escritas por un niño. Algo no está bien. La siguiente hoja es peor que la anterior. Tres palabras se repiten inalterables: obesidad literaria mórbida. El resto es una mezcla de garabatos, descripciones absurdas y frases delirantes. Karl no da crédito a sus ojos y lee y relee el texto. Quizá habló muy poco con Morgana y su inspiración desapareció antes que terminara. Por algo las tres primeras planas están bien y las otras no. Entonces la solución llega a su mente con una claridad casi milagrosa: necesita que su musa permanezca con él… para siempre.
La semana siguiente, Karl invita a Morgana a su casa. Ella no está interesada en él, pero lo considera inofensivo, un amigo, así que acepta. Él, seguro que su musa está en sus manos, saborea el logro de su meta. En su casa beben y conversan divertidos. Imagina su primera novela, el lanzamiento y él, delante de cientos de personas, lee un sentido discurso de agradecimiento. Despierta de sus viajes oníricos cuando ella, algo borracha, pide que la lleve a su casa, es tarde y mañana trabaja. Están en medio del jardín, bajo la luz de la luna llena y flores multicolores como únicos testigos. La situación es demasiado romántica, así que Karl intenta algo más radical y con un movimiento brusco, la besa. Ella lo aleja de un empujón, pero él contraataca y ambos tropiezan. Un sonido hueco acompaña el golpe de la caída. Karl se levanta risueño, como si no hubiera ocurrido nada, pero Morgana permanece en el suelo. Un charco de sangre fluye alrededor de su cabeza.
La siguiente sesión del taller, nadie extraña a Morgana, excepto Karl Nival, que la imagina silenciosa, invisible en el rincón de su silla. Cuando Eduardo pregunta quién leerá, Karl es el primero en levantar la mano. Su estilo es pretencioso y lleno de retórica torcida, pero a pesar de esto, lo critican con amabilidad. Algunos lo describen como delirante y disparatado, sobretodo la última parte, donde la historia se llena de vacíos y frases entrecortadas, como si el narrador llorara mientras relata. Por su parte, Eduardo critica que no involucre sus sentimientos en el texto, como si mientras escribiera, ninguna emoción lo embargara. Karl sonríe con el comentario.
Cuando termina la clase, Clara se acerca a Karl y pregunta por Morgana. La llama a diario, pero nadie contesta su teléfono. Él se pone nervioso, dice que no habla con ella hace días. Ella se sorprende, pues lo último que supo fue que salieron juntos. Se disculpa, pero no sabe nada. Antes que se vaya, Clara le pregunta si engordó. De vuelta en su casa, Karl piensa en lo ocurrido. Fue un accidente, se repite una y otra vez. Es cierto que a Morgana jamás la encontrarán, pero si Clara habla con la policía, será su perdición. Mientras piensa en esto, recuerda la pregunta que le hizo Clara. Más por curiosidad que otra cosa, se saca la ropa y se pesa. Para su sorpresa, descubre que subió trece kilos. Entonces escucha el celular de Morgana en su pieza. Es Clara otra vez.
Al día siguiente, Karl se cita con Clara en el Café Danés. Tres horas más tarde se reúnen y hablan de la vigencia de Drácula en la literatura de terror. Él piensa que los mayores temores están en los instintos básicos y la supervivencia es el más potente de ellos. Ella cree que emociones más complejas hacen más interesante el relato, cuando la historia se centra en conflictos tan básicos como la vida o la muerte, los personajes pierden profundidad. Karl jamás imaginó que sus protagonistas quieran algo, nunca intentó que sus acciones fueran coherentes con sus sentimientos y motivaciones. Este nuevo y apetitoso concepto aparece ante él a través de su diálogo con esta pequeña mujer.
Clara sorprende a Karl con todas las nuevas ideas que expone. Para qué necesita una musa caprichosa, si la información fluye libre a través de los labios de esta mujer de pequeña estatura y grandes conocimientos. Ya oscurece cuando Karl sugiere a Clara que continúen la conversación en su casa. Ella sabe que no es atractiva y en honor a la verdad, hace cinco años que ningún hombre la invita a salir, así que accede de inmediato. Karl no es su tipo, pero no pude darse el lujo de ser regodeona.
Ya en la casa, ríen animados frente a una botella de vino vacía. Karl trae otra, pero la situación no da para más preámbulos y apenas la abre, ambos se besan apasionados. Esa noche descubre la magia de esa enciclopedia llena de sorpresas sexuales y literarias. Ella es la mujer que necesita, esa que reemplazará a su musa. Y con esta certeza se duerme. La mañana siguiente escucha el celular de Morgana en su velador. Abre el cajón y ve que es Clara quien llama. Ahí está ella, con el teléfono en la mano y el terror pintado en los ojos. Karl se levanta de golpe y se abalanza sobre la mujer.
La semana siguiente Karl no va al taller, tampoco sale de su casa. Traga carne casi cruda, sin ningún tipo de acompañamiento, pues no tiene otra cosa. Ya no hay café, ni té, ni arroz, ni nada, pero no saldrá. Siente que todo el mundo lo apunta, lo observa, saben lo que hizo. Durante trece semanas y ocho días, Karl sólo come y escribe. Ni siquiera se cambia de ropa. La barba le crece, su sonrisa se borra. Pero ahora sabe mucho más que antes, por fin escribe una historia completa, con principio, desarrollo y final, y usa personajes con actitud y punto de vista. Cuando pone el punto final del relato, todos sus miedos y angustias se desvanecen en sueños de reconocimiento por sus grandes novelas de terror. Sonríe para sí.
Al día siguiente decide ir al taller y leer el mejor cuento que ha escrito en su vida. Cuando termina, la sala permanece en silencio. Son segundos interminables para Karl, que sueña con aplausos de pie. De pronto, una voz se levanta y dice “me gustó”. Otros lo acompañan y alaban el cuento. Es tétrico desde sus inicios, con buena ambientación y rápido desarrollo. Eduardo lo felicita por su relato y pregunta quién más leerá. Héctor levanta la mano. Karl mira de reojo y vuelve a su lugar. Aunque les gustó su texto, no es suficiente para él, que esperaba una gran ovación. No escucha nada más, sólo divaga en su trabajo y las frías felicitaciones de Eduardo. Frente a sus ojos, las bocas se mueven mudas mientras piensa en la envidia que le tienen el profesor y sus compañeros.
Después de las lecturas, Héctor habla con Karl de su cuento. Dice que le gustó mucho y le encantó el final. Terrorífico y sorprendente a la vez. Espera unos instantes para que Karl devuelva el cumplido y alabe su relato, pero como no ocurre, continúa con lo productivo del taller. Mientras Héctor se explaya sobre lo que es bueno y malo en narrativa, Karl se limita a asentir, no habla, solo responde con monosílabos. Entonces se le ocurre que el punto de vista de un hombre sería una gran adhesión a su menú literario. Y ambos se van a un bar cercano.
La virtud de Héctor es su vicio, su adicción y su karma. Es un bebedor asiduo desde los trece años y ahora, a los cincuenta y cinco, escribe historias de borrachos que huyen de botellas mutantes del espacio exterior, hombres solitarios y alcohólicos, que en su desvalida situación de calle luchan contra monstruos y extraterrestres. Entonces descubre qué falta en sus cuentos: su verdad.
Son las cinco de la mañana y Héctor está tan ebrio que apenas puede estar de pie. Karl lo invita a su casa y lo sube al taxi antes que responda. Tiene el rostro despiadado y la misma mirada vacía que pone cada vez que imagina un relato. En su mente bulle alguna fantasía de horror, pero ahora inspirada en su experiencia. Entran a su casa, acuesta a Héctor en el sofá y le ofrece un café. Va a la cocina y cuando vuelve, aparece desnudo, con los brazos abiertos, tiene un cuchillo carnicero en la derecha, un machete en la izquierda y sostiene una motosierra roja con la mano libre. Héctor lo mira impávido, está tan borracho que solo le pregunta si engordó. Después se duerme de nuevo.
Karl se mira sorprendido en el espejo. Antes pesaba sesenta; ahora, más de ciento veinte. Ha duplicado su masa en apenas tres meses. Pero la amargura por sus kilos de más acaba cuando ve junto a la impresora más de cien páginas escritas en cuerpo trece a doble espacio. Es la primera parte de su novela. “Cuánto pesará H.P. Lovecraft, ¿doscientos kilos?”. Observa sus rollos caer por encima del pantalón, como un grotesco delantal color piel.
Karl lee en el taller el primer capítulo de su novela. Apenas termina, surge un gran debate sobre el tono de la historia. La mayoría cree que una comedia nunca será una novela de terror, no importa cuántos zombis se levanten de la tumba, la risa es enemiga del miedo. Otros piensan que los géneros literarios son guías, no leyes irrompibles. Karl está de acuerdo con esta idea y lo expresa con un grito de apoyo. Todos voltean hacia él. Calla unos segundos, nervioso, y luego dice: “¡¡esta narración es una comedia de terror y no pueden hacer nada al respecto!!”. Y después de esta frase, se encierra de nuevo en su coraza de silencio. La discusión continúa, pero él desaparece para los demás.
Nunca hubo una conclusión para el debate, pero Karl no la necesita. Su verdad es la única verdad. Y está más seguro que nunca, pues si antes fingía su confianza, ahora nadie sabe más que él; nadie da con su talla. Lo negativo es su inmensa humanidad, aunque él lo ve como una virtud. Con sus ciento cuarenta kilos de peso, apenas se puede mover y pasa frente al computador la mayor parte del día. Esto lo hace mucho más productivo, basta decir que hay días en que escribe hasta trece letras, todas juntas y con acentos. Sin embargo, hay otros que los pasa masturbándose con pornografía y cagándose en la morfología.
Trece sesiones después, Karl lee otro cuento. Todos quedan silenciosos. Es un relato sobre un hombre que recorre universidades y devora los conocimientos de las mentes más brillantes del mundo. La mayoría opina que el uso de la inteligencia de otro hace que el cuento sea poco verosímil, aunque todos destacan la coherencia de los personajes y el fluido desarrollo de la narración. Karl afirma que su historia es una metáfora de algo real, depredadores de conocimiento. “No en vano existe el dicho: él que sabe trabaja y él que no, es jefe”, concluye.
A la salida se acercan a él dos compañeros, Marcelo y Raúl. Ambos son escritores jóvenes, con un par de publicaciones y algunas menciones en concursos. Y con un proyecto a cuestas; una editorial publicará un libro de cuentos de terror, pero necesitan mínimo trece relatos. Entre los dos tienen diez. Faltan tres y como les gustó su trabajo, quieren que participe. Karl acepta de inmediato. Mañana se reunirán en su casa y conversarán del tema.
El corazón late agitado en el pecho de Karl. Está ansioso, alegre, con el estómago revuelto, así que decide caminar mientras sueña con su primer libro. Será un exitazo, todos admirarán su inmenso genio y magnífica estampa. Pero a medida que avanza, recuerda que no es su libro, sino un trabajo colectivo, apenas tendrá tres o cuatro narraciones. Eso no es nada para una estrella como él, aunque por lo menos, los críticos dirán que el libro es bueno gracias a los terroríficos cuentos de Karl, el nuevo escritor de moda. Mientras decide si aceptar o no el premio nacional de literatura, llega a su casa.
Al día siguiente hay un debate exaltado sobre cuáles cuentos son los mejores. Pasaron cuatro semanas desde la borrachera con Héctor y Karl escribió cien hojas más de su novela y siete relatos de entre ocho mil y trece mil palabras. Raúl y Marcelo se impresionan con su productividad y lo llenan de elogios. Karl no cabe en sí de alegría y orgullo (casi literalmente, porque ahora es tan gordo que los rollos sobresalen de su cuerpo como prótesis sebáceas adheridas a su inmensa y redonda humanidad). Al final del día, deciden que incluirán cuatro de sus narraciones y compran un vodka margarita para celebrar. En total, beben trece botellas mientras cantan desnudos el himno nacional en medio del jardín. Pero esa noche, Karl descubre algo: Marcelo sabe más de lo que dice. Cuando eligieron los cuentos, él coincidió con sus preferencias, lo que bajo su punto de vista significa que tiene razón y por lo tanto, sabe de lo que habla. No así Raúl, que escribe bien, pero es aleatorio. Algunas páginas brillantes y otras como hojas secas. Entonces recuerda lo que dijo antes Marcelo: “un buen escritor narra una verdad social a través de una ficción literaria”. Y cuando esto cruza la mente de Karl, comprende que Marcelo sería una sabrosa adquisición para su crecimiento personal.
En la última sesión del taller, Karl, Marcelo y Raúl anuncian que en dos meses más publicarán un libro de cuentos. La gente los felicita y esa tarde todos se despiden con la promesa de asistir al lanzamiento del libro. Nadie nota que ahora son trece personas. Morgana, Clara y Héctor yacen entre despedidas y anotaciones de mails y celulares. Karl se siente una celebridad. Y lo es. Todos lo reconocen de inmediato. Un gordo de ciento sesenta kilos no pasa inadvertido.
El día del lanzamiento de la antología, Karl y Raúl lamentan el sensible fallecimiento de Marcelo. Raúl da un dolido discurso donde explica que desapareció durante una excursión que realizaron al Parque Nacional Fray Jorge. Karl llora y suda su pérdida, pero aunque su muerte es lamentable, significa gran publicidad para ellos, ya que Karl incluyó un nuevo cuento, supuestamente escrito por Marcelo. Es un relato premonitorio donde el difunto narra cómo es devorado por sus dos compañeros durante un viaje a la montaña. La estrategia de marketing se hace sola y el libro se transforma en un éxito de ventas.
La suerte sonríe a las mentes superiores, piensa Karl mientras estrecha la mano de Jorge Pardo, un importante editor. Quiero publicar cualquier cosa que escribas, es lo primero que dice Jorge. Después lo felicita por el éxito obtenido con el libro de cuentos. Karl se sienta en una silla, pero es demasiado gordo y se cambia al sillón que está a un lado. Con una sonrisa mofletuda asiente a cada palabra de alabanza que dice Jorge. Karl le cuenta que escribió una novela y es excelente, una comedia de terror. A Sergio le encanta la idea. “Tienes ojo para el marketing”, dice. Opina que la literatura es un arte hermoso, pero necesita empatía y por eso, no basta con una pluma brillante. Explica que el mercado del terror se centra adolescentes y ellos prefieren ciertos tipos de protagonistas, que hay técnicas que hacen un libro más “vendible”. Habla sobre la distribución en el mercado literario, la promoción en el punto de venta, una edición de bolsillo o una de tapa dura, todas variables relevantes a la hora de publicar. Luego le pregunta cuál será su marca, si usará un apodo o su nombre: Karl Nival. Él recuerda aH. P. Lovecraft, S. M. Fraud, J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis y otros, y decide que lo más apropiado sería su inicial más el apellido, pero contesta que aún no lo sabe. Medita sobre Jorge y toda la información que maneja del mercado literario. Ése sería el aliño perfecto para sus voluminosos conocimientos. Acepta la oferta y firma contrato con la editorial.
Antes de irse, Karl argumenta su exceso de peso para convencer a Jorge de que lo lleve a su casa. Además, allá guarda el primer borrador de su novela. El editor acepta encantado y acompaña a Karl.
Jorge se sienta en el estar mientras Karl busca el manuscrito de su libro. Cuando pesas menos de ciento veinte kilos, puedes ser sutil, pero con ciento ochenta la situación es diferente. Por eso aprovecha la primera oportunidad que tiene y revienta la cabeza de Jorge con un martillo. Luego, con la habilidad que da la práctica, destaza el cadáver en pocas horas.

Cinco meses después, Karl recibe los aplausos de los asistentes al lanzamiento de su primera novela, “Antropófago”. La comunidad literaria reconoce su talento y lo considera una gran promesa. Junto a él está Claudia, una joven muy guapa, alta, delgada, rubia y tonta como una pared. Es la antigua asistente de Jorge, que tomó su puesto después de su desaparición. Karl está sobre una silla especial, hecha de acero para que resista sus doscientos trece kilos de peso. Todo el mundo lo aplaude y alaba, aunque a sus espaldas susurran que parece un monstruo sacado de sus cuentos de terror, una mole de grasa y conocimiento. Karl casi no se mueve, excepto cuando escribe o come. Llama a Claudia con un débil susurro. Ella se acerca y pone una máscara de oxígeno en su rostro.

-          Debes cambiar de dieta, precioso - sugiere Claudia con una sonrisa – De ahora en adelante, lo único que devorarás será literatura.