martes, 11 de noviembre de 2014

Monstruos vestidos con piel de niño


Jesús huye aterrado. Transita a través de senderos ocultos por la densa vegetación. Quiere avanzar lo más posible antes de que vuelva a caer el sol. No tiene esperanzas de escapar, pero igual corre. Sin embargo, sabe que lo merece. Es un monstruo y debe ser castigado.
Muy atrás quedó Puerto Montt y el canal. Incluso más lejos que Castro y su muelle. Tanto ha viajado sin descansar, que hasta Quinchao le parece un recuerdo brumoso. Ahora atraviesa la isla Alao. Si llega hasta la costa quizá tenga una chance. Solo espera encontrar un bote que lo cruce a Apiao, pero con esta tormenta, nadie se atrevería a navegar por los estrechos y torrentosos canales del archipiélago de Chiloé.
Cada vez se interna más en el bosque. Ya no hay caminos, ni siquiera senderos, apenas una huella lodosa, pero él conoce la zona, sabe que si mantiene el cerro a su derecha llegará hasta el cruce, el mejor lugar para atravesar el piélago que separa ambas islas. Entonces ve su objetivo: una quebrada pequeña con un sendero que desciende en zigzag hasta la playa.
Encuentra un bote de remo en la orilla, pero no hay quien lo guíe. No tiene tiempo para buscar al dueño. Su sombra lo puede alcanzar. Sus pasos resuenan en su cabeza.
La lengua de mar que lo separa de la isla Apiao está chúcara, la lluvia y el viento son dos siameses sicópatas que buscan una nueva víctima. Las olas se elevan como ominosas mantas dispuestas a envolver a quien se interne por su ondulante caos.
Aún contra su instinto de supervivencia, Jesús se lanza al agua y con desesperación rema en medio de la feroz marejada. Por suerte, su esfuerzo y la misericordia divina lo favorecen, y antes de que el bote sea tragado por el mar, casi llega hasta la otra orilla.
Cae al agua a míseros treinta metros de Apiao, pero entre las corrientes y el turbulento oleaje, debe recurrir a toda su energía para llegar a la playa y una vez ahí, no tiene tiempo para descansar. Debe continuar. El hombre de negro no se detendrá, es una sombra todopoderosa y omnipresente. Se levanta y se interna en la selva virgen.
La luna llena brilla dorada en el cielo, pero el follaje es tan denso que la negrura del espacio infinito es más clara que la oscuridad por donde transita. Avanza a ciegas durante horas, a veces a gatas, otras caminando y cuando está por amanecer, llega a una cabaña ruinosa. Hace trece años que nadie la habita, desde la muerte de su madre. Está hecha mierda, toda destartalada, sin muebles, las ventanas rotas, el techo agujereado, las maderas podridas… pero es su refugio.
La única decoración que hay es una vieja cruz colgada en la puerta. Apenas la ve, Jesús la arroja por la ventana, teme que su sola presencia sea suficiente para invocar a su perseguidor. Luego acomoda un par de frazadas en el suelo húmedo y se acuesta. Está agotado, lleva cuatro días sin dormir. Tiembla de frío y terror.
Dos veces sale el sol y dos veces se oculta, y en la gélida noche de luna nueva despierta semicongelado, mojado hasta los huesos, tiritando. Para su fortuna, la tormenta al fin amainó. Revisa su mochila. Tiene frutos secos, latas de atún, arroz y tallarines. Comida para un par de meses. Quizá más, si la raciona bien.
Nadie conoce esa cabaña, ni siquiera ellos, los que visten de negro y cuello blanco, esos que cazan a los pecadores más viles, los que castigan a los monstruos vestidos con piel de niño.
Cuando falleció su madre, él quedó al cuidado de los hombres de negro, pero después de tanto sílice y penitencias, después de tanto doloroso castigo, decidió huir. Erró por el sur en busca de un lugar donde establecerse, pero no le resultó fácil. Jesús sabe que es diferente, un poco loco, algo tonto y en ocasiones, Él le habla.
Por suerte, al poco tiempo de escapar conoció al hombre de blanco. Él le dio un lugar donde vivir. Además le recetó un remedio que silencia las voces de su cabeza. ¡Cómo ansía sus pastillas! Las necesita. Pero ya no le quedan. Tirita y suda. Frío y calor. La abstinencia es un martirio que se ramifica por cada célula de su cuerpo.
***
El verano llega y se va, igual que el otoño y con el regreso del invierno, la lluvia se transforma en una compañera sempiterna. En la cabaña no hay un solo espejo donde observarse y aunque hubiera alguno, de nada serviría. Si Jesús se viera, no se reconocería. Ahora es otra persona, un anciano desnutrido y harapiento, pero por lo menos le ganó varios meses a algo peor que la muerte. Sufrimiento eterno, torturas inenarrables, fuego y azufre, eso le aguarda si lo atrapa el hombre de negro.
No pasa un día sin que piense en lo que hizo. Sabe que el hombre de blanco nunca lo perdonará. Durante los años que lo cuidó, estuvo bien. Tenía comida. Una cama. Techo. Pastillas. Mientras estuvo internado en el siquiátrico, nadie lo castigó. Pero huyó. Tuvo que hacerlo. ¡Todo es culpa de los monstruos vestidos con piel de niño! Cuando le quitas la piel, solo queda el monstruo…
La lluvia cae hace semanas sin parar y el techo poco hace para protegerlo. El zinc tiene agujeros por todos lados y el agua escurre por el suelo de la cabaña. Sus frazadas están empapadas, así que duerme en cuclillas, apenas unos minutos cada día. Ya no distingue noche de día, vigilia de sueño. Sus pesadillas y las voces en su cabeza se imbrican como un horror oscuro y amorfo.
Afuera, el viento aúlla con fuerza belicosa. Los truenos son tambores de guerra y el agua golpea como metralla las oxidadas latas del techo. Entonces una ráfaga levanta el metal, y un agujero se abre y cierra sobre su cabeza. Jesús sabe que si no lo asegura, saldrá volando y quedará a la intemperie. Con cuidado trepa la maltrecha estructura y comienza a amarrar el zinc.
¡¡Crack!!
La tabla que lo sostiene cede y él cae en una posición antinatural. Lento e inexorable, el pie rota en un ángulo imposible y la tibia atraviesa blanca y sanguinolenta su piel mugrosa.
Un grito desgarra el aire y se pierde en la infinitud del silencio.
Recuerda el día en que vio al monstruo con piel de niño. Lo reconoció de inmediato. Iba a visitar al 84, el viejo orate que canta por las mañanas. Los dos venían a verlo. La mujer y el muchacho, la hija y el nieto.
Al principio le costó acercarse, pero una vez que se pusieron a conversar, el resto fue fácil. Le regaló unos dulces, esos con hartos colores, y una vez que ganó su confianza, lo invitó a jugar en lo oscurito. Eso siempre les gusta. Jesús lo sabe. A él también le gustaba.
Se arrastra por el suelo, ya no puede caminar y sin embargo está contento. Por fin dejará de huir. Recuerda el rostro del niño. Su sonrisa. Y recuerda cuando decidió que castigarlo no era suficiente.
Una puntada aguda lo hace doblarse. El hueso está fracturado en millares de dolorosos fragmentos. La lluvia cae a baldes por el agujero del techo, el agua escurre por el suelo como si fuera un riachuelo. Y Jesús ahí, tirado como basura.
Él no eligió ser un monstruo vestido con piel de niño. Nació así. Y por eso el hombre de negro lo castigaba. Pero Jesús no cometió el mismo error que su confesor. Él lo dejó vivo para crecer y transformarse en el monstruo que ahora es.
Entonces lo escucha. Sus pasos resuenan en medio de la lluvia y los truenos. Su sombra lo acecha, igual que lo acechó cuando niño, cuando lo expiaba brutalmente. Al principio, el hombre de negro solo usaba sus dedos, pero con el tiempo, cualquier objeto con forma fálica le servía para castigarlo y ocultar su impotencia. Pero ya no más, ahora es un hombre, casi cumple dieciocho años. O quizá ya los cumplió. Lleva tanto tiempo oculto que no lo sabe con certeza.
El hombre de negro está cerca. Lo escucha dentro de su cabeza. Ya casi lo atrapa. Entonces toma su mochila y saca una soga con la característica forma de una corbata invertida. La horca es su última esperanza.
A medida que su cuerpo se retuerce, borbotones de baba manan de su boca y se mezclan con gotas de sangre. Su lengua comienza a hincharse, los ojos amenazan con salir de sus órbitas, su piel se pone cada vez más azulada, igual que el rostro del niño cuando lo castigó. Después lo estranguló. ¿O fue al revés? Primero lo ahorcó y después lo penetró. Ya no lo recuerda.

El sonido, la imagen, el placer que sintió mientras jugaban en lo oscurito, todo desaparece… lentamente.