viernes, 5 de agosto de 2011

La vida no me pesca...



            Si supieran lo que me ocurre, pensarían que estoy loco. Pero no es así, es solo esta puta vida que no se aburre de maltratarme. Porque la vida es injusta, todos lo sabemos, pero conmigo ha sido una perra. Y desde muy pequeño, cuando apenas era un niño, me di cuenta que se ensañaría conmigo.
               Fue un verano cualquiera, como todos los que pasaba en Viña con mi familia. Siempre apretados en el departamento, pero no importaba mucho, ya que estábamos casi todo el día en la playa. Y como era cruzar la calle y tirar la toalla, hasta yo podía ir solo sin que nadie se preocupara demasiado. Digo hasta yo, porque entonces tenía como 8 ó 9 años y comprenderán que a esa edad es raro que un niño vaya solo a la playa.
Como nunca, ese año éramos 12 en el departamento. Para imaginarse lo hacinados que estábamos, bastará decir que había sólo 8 camas, distribuidas en 3 piezas, living y comedor. Recuerdo que hasta la mesa se transformó en camarote, con el papá de la Titi durmiendo encima y Joaquín abajo, en el suelo.
Frente a la escasez de espacio, a los adultos no se les ocurría nada mejor que mandarnos a jugar afuera, para que ellos pudieran descansar. Así, todos los niños, y no éramos pocos, pasábamos en la playa, la avenida Perú o por los estacionamientos del edificio.
Como una semana después, llegó mi eterno compañero de ese entonces, Daniel. De mi misma edad y estatura, sólo nos diferenciábamos porque él era más moreno y tenía el pelo crespo, pero a pesar de esto, igual podríamos haber pasado por hermanos. Y así nos comportábamos, inseparables siempre.
Con Daniel éramos adictos a ir de pesca al muelle Vergara, que quedaba a 3 cuadras del departamento. Partíamos de madrugada, cuando recién empezaba a asomar el sol, tipo 6 de la mañana. En ese lugar vivimos grandes aventuras, como la vez que conocimos a Gerbasio, un cantante muy famoso en ese entonces y del que hoy sólo se recuerdan un par de canciones y su bullado suicidio.
Y entre esos fierros oxidados por el mar, también viví mi primera gran frustración y descubrí lo injusto que es el mundo. Aunque nunca imaginé que se fuera a ensañar de esta forma conmigo, sirvió para enfrentar mejor lo que vendría.
Llegamos de madrugada a pescar, con nuestros equipos de primera, con la mejor carnada, el nylon invisible más caro que se vendía en el lugar, además de un sinnúmero de pequeños accesorios que al recordarlos hoy, más parecen sacados de una película de ciencia ficción que de un bolso de pesca.
Esa mañana veníamos especialmente de buen ánimo, ya que el día anterior descubrimos la carnada que usaban para sacar cavinzas chicas, que en ese tiempo abundaban cerca de los pilares del muelle. Cuando es pequeño, este pez está lleno de espinas y tiene un sabor barroso, pero salía en grandes cantidades, y a nosotros nos interesaba la emoción de la pesca, no comer lo que pescáramos, por eso el tema del sabor no importaba demasiado. Pero ese día, justo a esa hora, la cavinza atrajo un cardumen de jureles. Recuerdo que parecía que el agua estuviera bullendo, y el mar, que habitualmente se veía de un color azul oscuro, esa mañana brillaba con caótico desordén. Quedamos maravillados con el espectáculo y felices lanzamos nuestros anzuelos al mar, dispuestos a sacar mil peces o más. Por lo menos, así lo hacían todos los que estaban ahí, que sacaban como con redes uno tras otro, decenas de jureles.
Casi una hora pasó y ni siquiera sentíamos un tirón, ni una pequeña mordidita, nada. Entonces le preguntamos a un tipo que estaba al lado, por qué nosotros no pescábamos nada, entonces miró nuestra carnada y nos dijo:
-         Chicos, eso que traen es Piure y esa carnada sirve para sacar cavinzas. Si quieren pescar jureles, tienen que usar sardina o cavinza de carnada, pero piure, ¡nunca! – y rió largamente mientras le contaba a su compadre de al lado lo que nos pasaba.
Nos sentimos muy tristes, pero no desmayamos en nuestro afán y reunimos nuestro poco dinero para comprar sardina. Pero nuestros problemas no terminaron ahí. Cuando volvimos con la carnada, resultó que tampoco teníamos los anzuelos apropiados, pues el Jurel necesita un anzuelo grande y en los pequeños anzuelos usados para la cavinza, con suerte cabía el ojo de la sardina. Para más mala suerte, entre nuestros multicolores accesorios de pesca, no había ningún anzuelo que sirviera.
            Una vez más revisamos nuestros bolsillos y compramos anzuelos nuevos. Por suerte, y como la situación ya no daba para la risa, el vecino se apiadó de nosotros y nos colocó los anzuelos. Y así, después de casi una hora y media, por fin estábamos listos para pescar jureles.
Como ya dije, ese día fue la primera vez que comprendí lo injusta que es la vida y para cuando teníamos todo preparado, el cardumen se estaba yendo y casi no quedaban peces en el mar. Por supuesto, los últimos los sacaron otros, incluidos los vecinos, pero ninguno nosotros. Casi llorando, decidimos volver a desahogarnos en los brazos de nuestras madres, si es que estaban despiertas, pues aún era temprano.
            La vida tiene muchas vueltas y quizá como una señal de lo ingrata que sería conmigo, el vecino se apiadó de nosotros y nos ofreció dos de sus pescados. Para que no nos fuéramos con las manos vacías, dijo sonriente. Por supuesto, aceptamos felices, pero la ingratitud de la vida desenvainaría sobre nosotros el filo de la realidad y resultó que el ofrecimiento era en realidad la oferta de vendernos los pescados a buen precio. Desilusionados ante la transformación del regalo a una mera transacción comercial, revisamos nuestros bolsillos y ya no nos quedaba plata para comprar ni un chicle, pues lo habíamos gastado todo en anzuelos y carnada para jureles.
Tres semanas después, aproximadamente, nos despedimos de nuestras vacaciones y juramos jamás contar lo que nos había pasado. Hasta hoy, había cumplido ese juramento.
Miro hacia atrás esa breve reseña de mi vida y pienso que en ese mismo instante debí darme cuenta de lo que vendría. Es imposible, dirá alguien, pero para mí, después de todo lo que he vivido, este desenlace no es sorpresivo. Es más bien el resultado lógico de una serie de eventos enlazados, unidos con tanta minuciosidad que solo pueden ser obra de algo superior. Y por eso mismo he decidido dejar de luchar.
Me despido. Solo espero que entiendan mis razones…