martes, 5 de julio de 2011

Epístola

A quien corresponda:

            Escribo esta carta con la esperanza que quizá, algún día, entiendan por qué hice lo que hice. Que a través de sus palabras encuentre redención. Que tú, quien quiera que seas, logres perdonarme.
            Lo nuestro terminó aún antes que iniciara. Antes que volviéramos. Pero igual queríamos, o mejor dicho, teníamos que comprobarlo. Vivir la experiencia y así, por fin, darnos cuenta que se había acabado, que no restaba nada más por hacer.
            Nuestra relación se extiende desde hace diez años, cuando aún éramos unos niños jugando a ser adultos, soñando con efímeros encuentros sexuales, construyendo familias en castillos de papel. Estábamos enamorados y más que eso, cegados en nuestra mutua obsesión de absorver al otro sin medida ni consideración. Era como si quisiéramos ser el otro. Como si no hubiera un nosotros, sino un yo con un agregado. Algo que está para satisfacernos y obedecernos, sin importar si piensa diferente. Si no hubiera sido por eso, quizá hubiera funcionado, pero el hecho es que ambos queríamos lo mismo. Hacer del otro un apéndice, un agregado que sólo está ahí para darnos lo que nos falta. En mi caso, una mano extra para masturbarme, un agujero tibio donde poder enterrar mis frustraciones y rabia. Para ella, era el amor que desde niña le fue negado, primero por su padre al desaparecer antes que naciera y luego por su madre, siempre abstraída en sus preocupaciones, jamás dándole el cariño que pedía a gritos.
            En eso estuvimos durante siete años, yo exigiéndole ser la pared donde arrojar las piedras mi ira. Ella, transformándome en el saco de amor que tanto necesitaba. Pero la situación tenía que reventar, la pared debía caer, la bolsa llena de amor, vaciarse.
Es que no existe ser humano que resista ser por siempre el paño de lágrimas del otro, que por muy grande que sea el rompeolas, tarde o temprano una marejada lo sobrepasa. Y eso pasó con Constanza, que cedió ante los embates de mi rabia, depresión y lujuria desenfrenada.
Por mi parte, jamás pude suplir los años de carencia afectiva por los que había pasado. Trate de ser padre, madre y amante, pero igual que tú, soy humano y el amor que di dejó de ser suficiente. Trató de absorber más de lo que era capaz de entregar y pronto necesitó todo el amor que podía brindar y como era lógico, al final solo podía quererla a ella, porque mi amor no alcanzaba para los demás. Ni siquiera para mí.
Al cabo de siete años ninguno de los dos fue capaz de satisfacer las expectativas del otro. Ya era totalmente imposible que la pared siguiera en pie, que el saquito de amor continuara lleno. Entonces, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, empezamos a trasformarnos en el apéndice del otro. Dejamos de ser un yo con un agregado, para transformarnos en el agregado que busca un yo. Pero jamás preguntamos que nos ocurría. Y como no tuvimos consideración el uno con el otro, asimismo nos dimos cuenta que quien estaba a nuestro lado no era lo que esperábamos. Que esa persona era incapaz de satisfacer nuestras expectativas. Entonces, cegados por una extraña mezcla de ambición, amor y egoísmo, exigimos se nos diera lo que requeríamos, pero sin entregar nada a cambio. No porque quisiéramos, sino porque éramos incapaces, pues cada uno a su modo, ya lo había dado todo. Durante siete años nos entregamos por completo y al final, quedamos sin nada. Sintiéndonos no correspondidos, decidimos que el otro no nos merecía.
Así la mortal mezcla terminó de cuajar. El cemento se endureció y la barrera de granito nos cercó, aislándonos del mundo. Y dentro de nuestros límites nos permitimos salvajes batallas. Tres años de guerra. De exigir lo que no éramos capaces de dar. De gritar que nos dieran lo que merecíamos. Tres años en que ninguno escuchó los gritos afónicos del otro. Pues como uno pedía, tampoco daba ni recibía y así la ola creció, sobrepasó el rompeolas y ahogó al mundo. Al final, el saco de amor se rajó y desparramó su contenido en charcos lodosos; la pared cayó y se transformó en un túmulo de ladrillos.
Diez años pasaron hasta que nos dimos cuenta que debíamos acabar, que entre nosotros creció un rencor más grande que el amor que algún día nos juramos. Por eso, antes de terminar, ella me odiaba más que a sus padres, que nunca fueron capaces de darle el afecto que necesitaba y siempre mereció. Y lo mismo pasó conmigo, que la aborrecí más que a la vida, que siempre me abofeteó y jamás me dio las maravillas que merezco.
Entre rabia y odio nos amamos… y cada uno a su manera se vengó por los últimos diez años. Primero ella se acostó con otro, prodigándole su agujero tibio. Se lo entregó a ese extraño, que según ella sí era capaz de darle todo el amor que necesitaba. Eso dolió más que nada. Después de todo, sólo yo había enterrado mi ira en su agujero, en esa extraña mezcla de amor y odio que sólo el sexo puede desencadenar en mí.
Por mi parte, dejé de enterrar mi ira en su carne y comencé a vomitar odio, cubriéndola de rabia ardiente, quemando sus entrañas, destruyendo su mente, desahogando sobre su cuerpo mis perversiones más profundas. Una escalada de agresiones sin precedentes ni límites. Ella robó todo lo que me había dado y yo transformé mi amor en la ira que creí haber enterrado.
La gente siempre dice que lo mejor es cortar por lo sano, terminar todo de raíz, pero lo nuestro es como la mala yerba, que sigue creciendo en nuestros corazones y no permite que matemos la relación. Yo tenía claro que era lo mejor, que lo que decía la gente era lo más sabio y que esas frases cliché por algo son clichés. Pero también sabía que no podía hacerlo, que dolía demasiado. Cuando por fin me convencí que lo único que quedaba era acabar, que tenía que cortar por lo sano, terminar todo de raíz y bla, bla, blaaaa, entonces vomité y me retorcí en el suelo con las entrañas ardiendo en odio y amor. Escribo esta carta un mes después del rompimiento.

Prometí que no lo haría, pero de todas formas la llamé.  Le rogué que volviera a mi lado, que la vida sin ella no tiene sentido y un sin fin de frases que recién ahora sé que son. Mientras escribo, por fin tengo la claridad para resumir todos esos sentimientos en una palabra: locura. Durante este mes, mi familia supo de mis desvaríos, pero quien realmente sufrió con mi ira descontrolada fue una adolescente desgarbada, que sin saber porqué, acabó siendo la pared donde pude arrojar mi rabia. Triste para ella, pero yo lo agradeceré eternamente, pues pude calmar mi odio durante un breve lapso. Aunque la próxima vez, quizá ella no tenga la suerte de recordarlo. Igual que mi amor, que volvió una vez más a ser el muro de mis lamentos y una vez más, resistió incólume mi ira.
Llegó sonriente y me saludó como si nada hubiera pasado y la separación no fue más que un mal sueño. Nos amamos una vez más y una vez más enterré toda mi rabia en su cueva húmeda. Y ella pudo recibir todo el amor que siempre mereció. Porque su carne se transformó en un agujero infinito, capaz de recibir mi ira y jamás saciarse. Por eso hoy la amé más que nunca. La quise tanto que nuestro amor sobrepasó los límites de nuestros cuerpos unidos, rebalsó el concreto de la habitación y conquistó el alma de todos los que habitan esta urbe de corazones muertos. Hoy, todos en la ciudad fueron un poco más felices. Un poco más amables y cariñosos. Di tanto amor que Constanza no fue capaz de absorberlo y tuvo que dejarlo ir, compartiendo con los demás eso que tanto buscó. Estoy seguro que si supieran porqué hoy se sintieron tan llenos de amor, se lo agradecerían por siempre. Incluso tú, que lees estas frases garabateadas en una hoja sucia, aún puedes sentir todo el amor que inundó la habitación.
Ahora estamos juntos por última vez y aunque quisiera, soy incapaz de darle una pizca más de amor y al igual que un círculo vicioso, ella tampoco puede brindar su carne para que ahogue mi ira. Pero si piensas que no soy capaz de dar más, te equivocas, pues lo que acabo de hacer es la prueba máxima del amor. La forma en que doy mi alma de una sola y definitiva vez. Hoy terminé con su eterna búsqueda de amor y también acabé con todo el odio que tengo contra el mundo. Hoy entierro su carne en mi ira y ella encontrará el amor perfecto e infinito que alguna vez le prometí. Por fin termina nuestra búsqueda. Y nuestra historia. Porque el amor no puede vivir sin odio.
Sólo resta terminar esta carta con el sonido fulminante de mi cráneo explotando en una amalgama de sesos y sangre. Porque hoy ha ganado el odio y mi orgasmo ha sido el consuelo de una ira sin redención. Pues la pared de mis lamentos yace inerte a mis pies, mientras su vida fluye roja y desparrama sus vísceras por el suelo, en un acto que sólo los más grandes amantes pueden realizar. Como el amor y el odio. Como Constanza y yo.




Hasta siempre…